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River ganó cuatro partidos en el Inicial, tres por 1 a 0.

River: el riesgo del autoengaño

River ganó cuatro partidos en el Inicial, tres por 1 a 0.

FotoBaires

Ganó y llega impulsado al Superclásico, pero desde el juego sigue sin convencer: Barovero y Balanta son sus principales sostenes. Ramón no le encuentra la vuelta al mediocampo.

Una buena noticia y otra mala. ¿Por cuál empezar, River? Se aconseja priorizar las alegrías, entonces, se dirá que el equipo de Ramón Díaz le ganó a Lanús jugando como visitante, un rival y una cancha de las más complicadas que tiene este fútbol argentino. Segundo triunfo consecutivo, el ánimo impulsado para jugar contra Boca el próximo domingo.

Pero los números sin contexto suelen engañar. Y ahí está la contracara, la mala. River no juega como un ganador de partidos como el que ganó anoche. Las armas que exhibió ante Lanús, la forma en que encontró el resultado, denuncian sus flaquezas.

Este equipo no encuentra mayores argumentos que los resultados. De los cuatro partidos que ganó en el Torneo Inicial, en tres se impuso por 1 a 0. Con Rosario Central agónicamente, ante All Boys le costó más de la cuenta doblegar el limitado planteo de su adversario, frente a Lanús no mereció ganar y otra vez Marcelo Barovero volvió a ser su principal sostén. La otra victoria, ante Tigre, 3 a 0, es la única que concuerda con lo que el hincha y el DT pretenden para su equipo.

¿Dónde está el desfase? ¿Dónde es que se pierde River y se vuelve un mero celebrador de resultados apretados? En el mediocampo, quizás. En ese sector de la cancha se alojan las dudas del entrenador, que hasta el momento no encontró una fórmula sustentable.

Jonathan Fabbro, el enganche que todavía no se engancha, es la puerta a todos los interrogantes que se plantean sobre el mediocampo. Porque aunque el DT exalte a Manuel Lanzini en el rol de conductor, el juvenil no es el 10 que anda necesitando este River. Manu es explosión y vértigo, es instinto puro, valioso refuerzo para una geografía de juego ya establecida. El armado de ese contexto, que el entrenador creía que podía ser obra del paraguayo, sigue siendo la cuenta pendiente.

Sin ese aporte regulatorio de un enganche, las ideas se aíslan, los esfuerzos individuales se multiplican y marcan una dependencia. Ayer, se notó la falta de un futbolista que tuviera la pelota y la administrara. Cuando a River lo atacan, cuando el rival embiste como lo hizo Lanús en el segundo tiempo, la única salida son las manos de Barovero o los cruces salvadores de Éder Álvarez Balanta. Que estos dos se expongan tanto es una consecuencia de lo que (no) pasa unos metros más adelante.

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