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La Selección Argentina Sub-20 sufre en el Sudamericano a pesar de tener un plantel con varias figuras. Perazzo y Batista no consiguieron "domar" a los pibes... ¿Podrá Trobbiani?

Matías Baldo
Redactor - Desde Mendoza
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Marcelo Bielsa fue lapidario con sus dirigidos el día después de la humillación sufrida a manos del Barcelona en la final de la Copa del Rey: "Son millonarios prematuros, no tienen problemas, no les importa mayormente lo que va a pasar. Se permiten reírse...". El reto, supuestamente privado, fue publicado en los medios semanas más tarde.

A miles de kilómetros, la Selección Argentina Sub-20 padece un calvario en el Sudamericano que se disputa en su propio país. Paraguay le asestó otro cachetazo a su ilusión y se burló de su chapa de candidato. Instantáneamente, el equipo de los sueños quedó atrapado en sus pesadillas más tenebrosas. Despedido bajo una silbatina generalizada que le ofrendó aplausos al rival de turno con el fin de fustigar aún más el orgullo de un equipo apático.

El enfurecido monólogo de Bielsa en los pasillos de Lezama bien podría escucharse en los vestuarios del Malvinas Argentinas. Acá y allá, el escenario se repite: jóvenes que sufren las presiones de un obsceno mercado dispuesto a pagar cifras astronómicas por ellos. Por supuesto, no son responsables de la libre oferta y demanda que beneficia a sectores privados. De hecho, y hete aquí el mal endémico de los tiempos que corren, tampoco están preparados para afrontar un mundo que en un abrir y cerrar de ojos los convierte en estrellas.

En las categorías menores el triste panorama se profundiza hasta límites insospechados. Niños displiscentes, convertidos en hombres a cachtazos para extinguir las necesidades de un grupo familiar generalmente pobre y de clubes que necesitan vender a sus gemas para sanear su economía. En segundos pierden el brillo en sus ojos, la rebeldía propia de la juventud. El individualismo imperante atenta contra las necesidades colectivas. Cada jugada es una oportunidad de destacarse y brillar con un golazo que mañana sea televisado en cadena nacional en los medios de todo el planeta Tierra. Pocos, muy pocos, están listos para la fama. Lionel Messi también rompe récords en ese rubro.

En las categorías menores es menester el liderazgo de un formador. Marcelo  Trobbiani, con las enormes responsabilidades propias de un hombre obnubilado por la supuesta categoría de su quinteto inicial que jamás se preocupó por desarrollar una táctica que magnificara virtudes y disimulara defectos, no es más que un mero seleccionador que va conociendo a sus jugadores sobre la marcha. La concepción del derruido fútbol argentino necesita un cambio radical. Antes de Trobbiani, Checho Batista quedó afuera de un Mundial Sub-20 y Walter Perazzo se resignó a observar los Juegos Olímpicos de Londres 2012 por televisión. Cambian los nombres propios (salvo uno, intocable desde hace décadas), pero los fracasos se repiten.

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