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En 1914, la Primera Guerra Mundial amenazaba con destrozar el continente europeo. El 25 de diciembre de aquel año, soldados de ambos lados bajaron las armas para jugar.

Hay pocas cosas que unen a los seres humanos de diferentes culturas, nacionalidades y creencias. A veces, esas mismas diferencias nos llevan hacia el odio, la violencia y la guerra. Ante la incertidumbre de la vida y la muerte, muchas veces la desesperación y los nervios llevan a cosas inéditas.

Hace casi 100 años, esto se tradujo en un espectáculo tan increíble que pese a la documentación, hay quien todavía no lo cree. El frente occidental de la Primera Guerra Mundial era uno de los más sangrientos y destructores. Al final de la guerra, más de 12 millones de soldados habrían muerto.

En este frente se desarrollaron tecnologías que definieron a conflictos del futuro, como el gas venenoso, el uso de los aviones para estallar bombas, y los tanques de guerra. Pero también se desarrollo un hecho que sigue siendo una de las anécdotas más impactantes de la historia bélica.

El 25 de diciembre de 1914, soldados de la Triple Alianza, mayormente franceses e ingleses, y los de la Triple Entente, mayormente austriacos, húngaros y alemanes, se aventuraron a tierra de nadie con regalos bajo el brazo. Se sentaron juntos a comer y cantar canciones navideñas. Cuando la comida había terminado, se producían partidos de fútbol en plenos campos de guerra.

Los soldados lograron lo que ni el Papa pudo hacer. El 7 de Diciembre del mismo año, el Papa Benedicto XV mandó una carta pidiendo un cese de acciones entre las naciones. Famosamente escribió "que las armas caigan en silencio por lo menos en esa noche an las que los ángeles cantan." Los gobiernos de los países involucrados se rehusaron.

Solamente serían los soldados los que podrían dictaminar la paz. Los ingleses notaban velas encendidas y árboles de navidad en las trincheras alemanas, por lo que empezaron a hacer lo mismo. Pese a la diferencia de idiomas, los combatientes se mandaban cartas y gritaban deseos navideños unos a los otros, lo cual suavizó la tensión lo suficiente hacia el día clave.

"Mirando hacia atrás, nunca hubiese perdido esa rara y única Navidad por nada," escribía el soldado inglés Bruce Bairnsfather, recordando el día donde los uniformes de soldado sirvieron para separar bandos futboleros, no ejércitos que buscaban matarse. "El cese navideño fue un episodio pequeño y pacífico en un ambiente cruel," escribe el alemán Thomas Lower.

El "episodio" produjo esos mismos partidos de fútbol, esos que aún debaten los historiadores en 1914, pero de los cuales tienen pruebas concretas que ocurrió un año después. El momento no se volvió una tradición, los historiadores remarcan que la intensificación de las tácticas y las altas cantidades de soldados muertos en años subsecuentes detuvieron cualquier intento por armar nuevos ceses en Navidad.

Aún así, el recuerdo permanece intacto y fortalece la noción que todos ya conocemos - el fútbol cruza fronteras, rompe barreras y existe como uno de los lenguajes más universales de la raza humana, capaz de unirnos y de hacernos olvidar aunque sea por un momento de algunos de los hechos más terroríficos de los que es capaz el ser humano.

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