ENCICLOPEDIA MUNDIALISTA: Uruguay 1950, Maracanazo y los de afuera son de palo

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Tras doce años sin mundiales, Brasil organizó todo para quedarse con la Jules Rimet pero hubo un invitado inesperado...

El Mundial de Brasil 1950 era un certamen hecho a la medida de la Canarinha. Dentro del país se vivía la sensación de que todos los factores condenaban a la victoria amarella . Tras doce años sin disputarse el torneo ecuménico, volvía con la alegría de los brasileños y las ausencias que la resaca de la II Guerra Mundial había dejado.

Países como la Unión Soviética, Austria, Bélgica, Birmania, Siria decidieron no participar por sus falencias estructurales. Francia, Turquía, Portugal, Ecuador, Filipinas y Perú, no se subieron al barco debido al bajo nivel de sus seleccionados. La Argentina no participó en protesta a un conflicto que mantenía con la Confederación Brasileña de Fútbol y Alemania nunca fue invitada por la FIFA a causa de los crímenes nazis de la década del 40'.

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Además del país organizador, doce seleccionados llegaban a la tierra de la samba, la tierra del orden y el progreso: España, Suecia, Yugoslavia, Suiza, Italia, Inglaterra, Chile, Estados Unidos, Paraguay, Bolivia, México y el ganador del primer Mundial de la historia, Uruguay.

Divididos en grupos, consiguieron prevalecer para avanzar a la rueda final Brasil , Suecia , España y Uruguay , quienes también pelearían en el cuadrangular final. Se convierte así ésta en la mejor ubicación que ocuparía  La Roja en la historia de los Mundiales hasta 2010, quedando finalmente en la cuarta posición. En las calles se palpitaba la gloria. Brasil se imponía de forma contundente a Suecia 7-1 y a España 6-1, tan sólo un empate ante La Celeste capitaneada por Obdulio Varela le daría su primer título.

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El Maracanazo, mitos, creencias y realidades

En Brasil, era tal la expectación que el 16 de julio de 1950 se paró el país. La alegría y la ilusión se vestían de amarillo por las calles de Río de Janeiro. Tarde soleada, doscientos mil espectadores se dieron cita en el estadio Maracaná, el más grande del Mundo y en el que los presentes palpitaban el festejo final, un antes y un después, un sueño hecho realidad. Todo estaba presto para la fiesta . Pero todo se convirtió de golpe en una auténtica tragedia que hoy perdura en lo más profundo de cada carioca que sentía que esa era la oportunidad real para meterse en el planeta fútbol donde nunca antes se había estado.

Brasil-Uruguay, por un lado la confianza intacta y hasta las medallas de los campeones con los nombres verdeamarelhos , nadie pensaba en otra cosa que no sea una goleada. De hecho, los directivos celestes pidieron a sus jugadores una derrota decorosa , entendida como un partido perdido por menos de cuatro goles . Así se lo hicieron saber a sus propios jugadores cuando les abordaron en el vestuario antes del encuentro.

Brasil x Espanha 1950

Fue así que entre maracas y tambores salían los equipos al césped del estadio y los aficionados no paraban de gritar. El portero uruguayo Roque Máspoli le entregaba una indicación al entrenador para que los atacantes contrarios no tiren centros, a lo que el seleccionador, Juan López , respondió: " Bueno muchachos, ahora un huevo en cada zapato y vamos para arriba" .

Palabras simples, indicaciones cortas que calaron hondo en los sentimientos de los jugadores, que comenzaron el encuentro como leones que salían de la jaula tras un tiempo largo sin poder cazar una presa. De todos modos, tras el 0-0 con el que se llegó al descanso, el primer gol llegaría y Friaça, comenzando el segundo periodo, hacía estallar de júbilo a un Maracaná que hasta el momento estaba en silencio.

Fue ahí cuando la picardía del capitán charrúa salió a la luz. Obdulio Varela, conocedor de la posible reacción de los locales ante el primer gol, decidió realizar un largo reclamo al colegiado por una supuesta posición adelantada que nunca existió. Un tiempo largo pasó el capitán enfriando el encuentro -pidiendo muy astutamente, además, un intérprete para que se perdiera aún más tiempo- y, según recuerdan los protagonistas, ésa fue una de las claves para la victoria charrúa.

Antes de la final, Obdulio había advertido a todos sus compañeros: "No piensen en toda esa gente, no miren para arriba, el partido se juega abajo y si ganamos no va a pasar nada, nunca pasó nada". El gran capitán forjó la leyenda del gran Negro Jefe al soltar otra frase histórica: "Los de afuera son de palo . Estaba claro que, de esperar alguna ayuda, ésta no llegaría desde más allá de la línea de cal. Los uruguayos jugaban -y luchaban- solos. Contra todos y pese a todo.

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Moacir Barbosa Brazil 1950

En la segunda parte, Máspoli respondió con sobriedad. Entonces, primero Pepe Schiaffino y después Ghiggia le dieron la victoria a una Celeste  que no sólo aguantó el resultado, sino que fue capaz de hacer callar a un país entero. Un pueblo quedó atónito y no sólo se suicidaron más de una decena de personas, sino que quien cargó la cruz por el resto de su vida fue el portero brasileño Moacyr Barbosa, un auténtico as de la portería que quedó marcado a fuego por el resto de su vida.

Tras la finalización, la catástrofe y luego de varios años Jules Rimet tendría unas palabras claras, contundentes y desde un plano hasta lógicas: "...Todo estaba previsto, excepto el triunfo de Uruguay. Al término del partido yo debía entregar la copa al capitán del equipo campeón. Una vistosa guardia de honor se formaría desde el túnel hasta el centro del campo de juego, donde estaría esperándome el capitán del equipo vencedor (naturalmente Brasil). Preparé mi discurso y me fui a los vestuarios pocos minutos antes de finalizar el partido (estaban empatando 1 a 1 y el empate clasificaba campeón al equipo local). Pero cuando caminaba por los pasillos se interrumpió el griterío infernal. A la salida del túnel, un silencio desolador dominaba el estadio. Ni guardia de honor, ni himno nacional, ni discurso, ni entrega solemne. Me encontré solo, con la copa en mis brazos y sin saber que hacer. En el tumulto terminé por descubrir al capitán uruguayo, Obdulio Varela, y casi a escondidas le entregué la estatuilla de oro, estrechándole la mano y me retiré sin poder decirle una sola palabra de felicitación para su equipo... ”.

El Mundial de Brasil 1950 será recordado por la decepción local, por los cojones de Varela y la plantilla charrúa, y sobre todo, porque fue la confirmación del viejo refrán futbolístico que reza que los partidos se ganan en la cancha.

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