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El club Excursionistas está revolucionado por el partido ante Boca en el marco de los 16avos de final de la Copa Argentina, que se jugará este jueves en Chaco.

Luciano Román Garzo
Redactor
Goal.com Argentina
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Llegan al club, como tantos otros días. Entran al vestuario, como lo hacen habitualmente antes del entrenamiento y entre camiseta y pantalón corto se toman un mate. Se atan los cordones, bien apretados para no perder tiempo luego y salen al campo de juego bajo las órdenes del técnico y los preparadores físicos.

Todo parece normal, rutinario. Pero dentro del pecho de cada uno de los jugadores de Excursionistas hay algo diferente que los moviliza y les provoca un brillo especial en la mirada. Mientras conducen la pelota pegada al pie en la entrada en calor se imaginan a sí mismos debajo de una montaña de compañeros festejando un gol en el estadio de Chaco.

Enfrentar a Boca en un partido oficial es un sueño para los jugadores de Excursio, que no andan en autos importados ni ostentan relojes tan pesados como el propio brazo. La humildad, el sacrificio, la constancia y las manos de Marcos Fasanella y Sebastián Malnero, que fueron héroes en las definiciones por penales ante Témperley, Flandria y Gimnasia. Particularmente, en éste último, Fasanella se lesionó y Malnero tuvo que entrar a reemplazarlo. Muchos habrán pensado que era el fin de la suerte del cuadro de Belgrano, pero para alegría de René Houseman, hincha fanático del club, Malnero atajó dos disparos cuando la serie era claramente favorable para el Lobo. “Esto es mi vida, es mi corazón”, dijo el Loco René ni bien finalizó el partido con lágrimas en los ojos.

Corazón. Ese órgano del cuerpo que puede pararse para siempre ante algún disgusto pero también latir a una velocidad increíble producto de una alegría inconmensurable. La locura del fútbol y seis partidos sin goles a favor por el torneo de Primera C hicieron que el entrenador Néstor Rapa estuviera al borde de dejar el cargo. Finalmente estará en el banco en el partido más importante de las últimas décadas para este humilde club de Bajo Belgrano, cuyo estadio está ubicado donde antiguamente había una villa y hoy el metro cuadrado está valuado en 2500 dólares.

Desde afuera, el juvenil delantero Gabriel Roldán aprieta los dientes y el alambrado. Él también tendría que estar corriendo junto a sus compañeros pero una bota incómoda en el tobillo derecho le imposibilita hacer lo que más le gusta y durante un mes sólo podrá paliar su abstinencia con la PlayStation. A él ya no le tiemblan las piernas cuando le toca entrar. Ya pasó por el bautismo sagrado hace rato y está en la mejor etapa: esa en la que los jugadores todavía no están invadidos de prejuicios y dejan de lado la autocensura. No piensa dos veces si tiene que tirar un caño, lo intenta y, le salga o no, lo volverá a hacer en la próxima que la jugada lo pida.

“No estamos tan bien en el torneo pero creo que los muchachos van a hacerle fuerza a Boca”, asegura con convicción. En consciente de que por cómo está el fútbol en la actualidad, ningún equipo puede subestimar a su rival y en 90 minutos todo puede pasar. También en los penales, como sucedió con Excursionistas a lo largo de esta Copa Argentina, que ya lo tiene en dieciseisavos de final, donde se cruzará con uno de los colosos del fútbol argentino.

“Si ganamos me muero”, imagina Gabriel. El fútbol es impredecible. Donde antes había una villa, hoy hay un estadio y un coqueto barrio alrededor. En una época los grandes eran imbatibles y hoy sólo hacen más ruido al caer. Sólo se puede asegurar una cosa: el jueves, en Chaco, habrá once fieras de verde y blanco jugando el partido de sus vidas.