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El técnico es incapaz de normalizar la situación, lo cual está teniendo unas consecuencias devastadoras para el club, que asume lo perderá gratis y ahora además supone un problema

Por Iñaki Angulo

La guerra fría que mantienen Marcelo Bielsa y Fernando Llorente vivió ayer un último episodio que supone el pináculo de la fricción entre el técnico argentino y el delantero. La decisión de expulsar al jugador del entrenamiento supone una medida incendiaria. Con el equipo en una crisis de identidad, juego y resultados galopante y la grada dividida en el escrutinio del futbolista, la resolución de Bielsa termina de poner en el disparadero al mejor activo de la plantilla y emplaza a San Mamés el domingo a un plebiscito que definirá la alineación de la grada.

Ha transcurrido ya un mes desde que se ratificara la continuidad de Llorente en el Athletic de Bilbao y Bielsa ha sido incapaz de normalizar una situación que amenaza con terminar de desestabilizar a un equipo desarraigado. Probablemente, la terquedad del entrenador está conduciendo al club y al plantel, que reposa en puestos de descenso tras seis jornadas, a una catarata de consecuencias devastadoras.

Repudiado hasta el cierre del mercado de fichajes, Bielsa se mantiene inmovilista todavía. La situación sigue enrocada, por más de que el técnico haya ido introduciendo progresivamente al jugador (siempre como reserva), después de que una sospechosa lesión aplazara su vuelta a principios del mes pasado. En Anoeta, con un equipo anémico y por detrás en el marcador, el entrenador ralentizó la entrada de Llorente hasta el minuto 66.

Asumida la permanencia del delantero, es misión de Bielsa aprovechar lo que a día de hoy es su activo más sólido. Ausente de referentes en el principio de temporada tras la marcha de Javi Martínez y, en menor medida, por la baja de Amorebieta, Llorente es un resorte emocional de un valor casi tan ponderable como su aportación deportiva. El Athletic es un equipo sin convicción, y el mobbing del jefe a un jugador campeón del mundo está repercutiendo nocivamente en el ánimo de una plantilla cada vez más disoluta. Ver a su líder menoscabado les hace dudar cada vez más de un entrenador dictatorial.

Deportivamente, arrinconar los problemas del equipo a la ausencia de Llorente resulta tan simplista como equivocado. El equipo de Bielsa es una unidad tremendamente endeble atrás, poroso como pocos en la transición defensiva y sin chispa. Muchos males incluso para Llorente, el jugador más importante de la plantilla el año pasado y un hombre que de por sí solo condiciona el trabajo defensivo de los rivales.

Inevitablemente, la relación entre Bielsa y Llorente se aboca a un final de compleja resolución. Son una de esas parejas que empezaron en idilio pero terminan en orden de alejamiento. Como jefe del equipo, el entrenador es responsable primario de que la decisión no se haya terminado de desenquistar. En el pulso que mantiene con el campeón del mundo, Bielsa ha perdido a su mejor jugador. Por encima de todo, es otra pésima noticia institucional. El Athletic, que asume que Llorente abandonará el club sin dejar un euro en las arcas, pierde por partida doble, pues el inmovilismo del entrenador está conduciendo al jugador a un barbecho que amenaza con esterilizar todas las tierras.

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