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Nuestro enviado especial se emocionó, lloró y gritó como todos los argentinos que estuvieron en el Arena Corinthians. Un día que quedará en la historia.

Nacho Catullo
Mundial de mochila
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El viaje a San Pablo comienza mal. Una lluvia torrencial me obliga a cambiar de ropa en el Metro, pero las zapatillas permanecerán empapadas. Dejo la mochila en lo de Lucho -me invitó a su departamento para los últimos días de la Copa- y subo al ómnibus que, como no podía ser de otra manera, tendrá el aire acondicionado encendido toda la noche.

Helado como los 40 varones de camiseta que viajaron desde Río, finalmente llego al humilde barrio de Itaquera, donde se encuentra el estadio Arena Corinthians. Son las ocho de la mañana y solo se ven policías y periodistas. Sol y café son a esta altura tan necesarios como los goles de Messi.

La estación cercana a la cancha comienza a poblarse desde las 9 y el shopping homónimo al barrio se convierte en la Capital Estadual de la Reventa. La bella Orne y su Banda de Boliche planean un acústico mientras un brasileño que porta una cabeza gigante de Maradona vive sus 10 minutos de fama. El café tiene azúcar y no se puede tomar.

Tras escribir las primeras líneas desde un bar, ingreso por el acceso Leste con Mariano. Cambiamos las entradas de Colombia vs. Uruguay -pusimos 75 dólares más cada uno- y hasta el momento de entrar tememos que sean falsas. Hay varios argentinos pero los brasileños son mayoría.

Los estadios tienen menos control que el falso Higuaín que se está haciendo pasar por el Pipita y llegamos hasta la primera fila. Argentino medio debe admitir que nunca ni siquiera supo dónde estaba su butaca. Cerca del Benaglio hasta funcionaba el wi-fi, pero nos echaron diez escalones más arriba.

Intento tuitear y a los 20' ya no tengo señal. El primer tiempo no es bueno. Conocemos a Fabio y su enamorada, que son de Campinas e hinchas de Guaraní. Mariano, de Banfield, no puede creer que nuestro amigo tenga puesta la camiseta de Lanús. La excusa es la victoria sobre Ponte Preta.

Pasan los minutos. Los argentinos ni hablamos. Los paulistas se emborrachan y gozan de nuestra desesperación. Nos cantan y provocan. La mayoría es del Timao y falan de Tevez. El alargue será una tortura merecida por jugar tan mal.

Sabella no hace cambios y en el banco hay tan pocas opciones que no sabemos por quién pedir. Eso sí; hay varios que merecen salir. Fabio ya ni nos mira porque como neutral quiere penales. Cuando el estadio corea el Ole acompañando el toque de Suiza, estamos muertos. Nadie responde. Encima, se lesiona Rojo, uno de los mejores. Quedar afuera con Basanta en cancha sería una locura.

Sin embargo, cuando ya corrían algunas lágrimas, y luego de haber pateado encima de los rivales durante toda la tarde, Angelito encuentra un huequito y hace magia. ¡Gol de Argentina carajo! Gol que se convierte en llanto, abrazo y desahogo. Los brasileños se quieren morir. Pero no termina.

Llorando y parado en la butaca, grabo el final del partido. No puedo hablar y veo como el arquero suizo tira una chilena; la pelota pega en el palo y se va; y un tiro libre para el infarto. Tanta descarga emotiva no podía ser arruinada por el inmerecido empate.

En algún momento el árbitro decide, al fin, terminarlo. Somos miles los que revivimos. En el medio de la fiesta aparece mi amigo y colega de Goal, Gastón, y nos abrazamos con las mismas ganas que los jugadores. Si el Mundial termina bien, este juego será histórico.

Corremos calle arriba para encontrar el micro que nos devolverá a Río de Janeiro. Pero antes de subir, cambio la camiseta transpirada y orgullosa como si hubiera sido parte de la victoria por una bandera de Brasil. Como para no olvidarme jamás.

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