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Cinco gambeteadores

Cinco gambeteadores

Marcelo Trobbiani, el gran culpable

Argentina necesita un milagro para clasificar al hexagonal final. Un nuevo fracaso en ciernes con Marcelo Trobbiani como principal culpable.

Matías Baldo
Redactor - Desde Mendoza
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La hecatombe es inminente, la clasificación al hexagonal final una utopía. Salvo un guiño divino, la lista de fracasos juveniles sumará un nuevo responsable a los nombres de Sergio Batista y Walter Perazzo. Presa de sus miedos, inseguridades y su propia impericia, Argentina igualó frente a la débil Bolivia y quedó al borde del abismo. En casa, frente a su público, el combinado sub 20 forjó un papelón en ciernes, el más humillante de la historia contemporánea del fútbol nacional. Marcelo Trobbiani ocupa un deshonroso eslabón en la sistemática cadena de decepciones, empero jugadores de turno y la destructiva familia Grondona.

Marcelo Trobbiani fue un exquisito jugador, elegante y talentoso, capaz de adaptar su talento al Estudiantes de Carlos Bilardo y a la escuela de Osvaldo Zubeldía. Como técnico, su filosofía fue fundada por su desfachatado espíritu: "Si tengo cinco jugadores que gambeteen, soy campeón del mundo", aseguró en una jugosa entrevista con la revista El Gráfico en junio de 2012. Repitió, hasta el cansancio, su plausible filosofía después de años de tacañería. Jugar bien, jugar muy bien, conjugar a los mejores en un equipo que, prometía, sería demoledor.

Obnubilado por las virtudes individuales, se entregó a las mieles de un quinteto potencialmente letal que disimularía su desacertada labor al frente de la Selección. Encomendado a los caprichosos arrestos personales de un grupo de adolescentes, sucumbió frente a un Chile que lo ridiculizó tácticamente. Tres defensores, un mediocampista improvisado como lateral derecho para la ocasión, un único cinco, dos enganches, dos extremos y un punta. Mérito de Trobbiani, identificó rápidamente las virtudes y debilidades de su plantel, pero jamás se preocupó por potenciar sus capacidades y disimular sus fragilidades. Al contrario, expuso a su equipo y disminuyó sus fortalezas.

Hombre de convicciones frágiles demostró ser el entrenador argentino. Frente al primer cachetazo sacrificó a sus cinco gambeteadores. Manuel Lanzini salió del equipo en detrimento de Alan Aguirre. Después de otra derrota, modificó drásticamente su alineación titular con seis cambios que se cobraron a tres de los cuatro fantásticos que habían sobrevivido al traspié frente a la Roja. La modificación constante de su once titular representa el peor síntoma de su desequilibrio futbolístico y, principalmente, emocional. Solo cuatro jugadores mantuvieron su titularidad durante los tres partidos que afrontó: el arquero Benítez, Lisandro Magallán, Lucas Romero (improvisado cuatro en el debut) y Luciano Vietto. Frente a Bolivia, cambió para no cambiar: Alan Ruiz y Ricardo Centurión, víctimas del triunfo paraguayo, ingresaron en el entretiempo. Mientras tanto, Allione y Cartabia, los dos prospectos que mejor habían rendido en el rato que les regaló en el debut, observaron la casi segura eliminación desde el banco de suplentes.

Es cierto, la fortuna tampoco estuvo del lado argentino. Si Lanzini hubiera convertido aquel mano a mano frente a Chile, la historia probablemente hubiera sido diferente. O si el palo izquierdo no hubiera escupido un derechazo de Luciano Vietto, o si el travesaño no hubiera evitado el gol agónico de Alan Ruiz, o si el árbitro uruguayo hubiera sancionado penal por la mano de Gerardo Castellón dentro del área. La vida se va en busca de excusas, mientras las fatalidades deciden el destino de los improvisados y justifican los fracasos de los mediocres. Tal vez la necrológica más precisa de un devastado Trobbiani, que aún cuando  existían chances lógicas de clasificación se entregó a la voluntad divina y apostó por artes esotéricos para reencausar la clasificación. 

Falló como seleccionador, al marginar de la lista de convocados a valores insustituibles como Leandro Paredes, Gaspar Iñíguez y Martín Benítez. Estropeó a un plantel potencialmente a la altura de las circunstancias que, aún pese a las ausencias y a la sobrestimación habitual que se genera alrededor de joyas incipientes que necesitan ser pulidas, debería haber asegurado su presencia en el hexagonal final. Como líder, dejó una imagen deplorable. No supo manejar los tiempos, expuso e incineró a los jugadores con sus cambios, fracasó como líder espiritual de un equipo que necesita un formador antes que un entrenador. Los pibes, todavía en edad de crecimiento, gesticularon frente al público después de cada gol, mientras un enajenado Trobbiani se iba expulsado por sus excesivos reclamos después de un penal no cobrado, ese mismo que encabezó las gestiones para cambiarse en el vestuario visitante y ocupar el otro banco de suplentes frente a Bolivia.

La concatenación de fracasos, historia harto conocida, no es exclusiva de Trobbiani. Julio Humberto Grondona y su genuflexo séquito han destruido al fútbol argentino durante las últimas décadas. Pero claro, la vergonzosa gestión de Don Julio no exime a los pibes y, mucho menos aún, al gambeteador Trobbiani.

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