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Goal estuvo en la final de la Copa de las Confederaciones, donde el Maracaná confirmó su condición de patrimonio histórico del fútbol mundial.

 

  Sebastián García
  Director Editorial
  Goal.com Latinoamérica
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‘Qué Brasil formidable sería Brasil, si el brasileño gustara del brasileño’

Nelson Rodrigues, autor de esa frase, fue un poeta y periodista brasileño, testigo de los primeros esbozos de una selección brasileña que se convertiría en la máxima campeona en la historia de los Mundiales de fútbol.

Eran otros tiempos. Tiempos de lenguaje más florido a la hora de contar historias que se originaban en algún terreno de juego alrededor del mundo.

Y no hay estadio más ligado a Nelson Rodrigues que el legendario Maracana.

Aquí es donde transcurrió un sinfín de tardes cariocas de domingo en la vida de Nelson. Eran tiempos en los que lo único que se jugaba en Brasil eran los ‘Campeonatos Estaduais’ (Campeonatos Estatales). Cuestiones de logística, distancias y tiempos, hicieron imposible hasta 1971 que se realizara un campeonato verdaderamente federal (aunque hubo cuatro intentos entre 1967 y 1970 con el ‘Torneio Roberto Gomes Pedrosa’ –conocido popularmente como ‘Robertão’- y antecedente directo del ahora mundialmente famoso Brasileirão).

Tan emparentado está Nelson Rodrigues al Maracana, que el nombre oficial de este monumento del fútbol mundial es: Estádio Mário Filho.

Nelson era fanático del Fluminense y su hermano, periodista y escritor como él y como el padre de ambos, alentaba a la contra: el Flamengo. ¿Su nombre? Sí, Mário Rodrigues Filho.

Desde sus influyentes columnas en el Jornal dos Sports, Mário Filho, creador del mote ‘Fla-Flu’ con el que hasta el día de hoy nos referimos al clásico entre Flamengo y Fluminense, promovió la idea de construir para la Copa del Mundo de 1950, el estadio más grande del mundo en el barrio Maracana.

Así como pasó cuando demolieron Wembley, resultaba extraña la idea de que se reformara el Maracaná. El temor era que las reformas oscurecieran su magia.

Mucho de su viejo espíritu se fue. Jamás volverán a entrar casi 200.000 cuerpos, como cuenta la leyenda de aquel partido final ante Uruguay en 1950.

Pero el viejo Maraca (como le dicen en Brasil, aunque en Argentina esta frase suena bien diferente) ya comenzaba a quedarse en el tiempo. Preocupaban muchas cuestiones de seguridad y accesos. El estadio necesitaba un lavado de cara, un “lifting” como para bancársela unos cuantos años más.

Y quedó lindo. Sigue con algunas cosas que deberán mejorarse de cara al Mundial 2014 (sobre todo los baños, que se inundan con facilidad), pero mantiene aquella dimensión imponente, aquel carisma que nunca va a perder y le sumó una acústica especial. Este domingo, con la selección local y el campeón del mundo como protagonistas, el clima que se vivió en las tribunas habría inflado los orgullosos pechos cariocas de Nelson y de su hermano Mario, porque la imagen que proyectó esa marea verde-amarela fue la de un Brasil formidable, en la que el brasileño gustó del brasileño.

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