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Fue la obra más cara para el Mundial 2014, pero en la capital de Brasil no hay ningún equipo ni en primera ni en segunda división. Lo usarán para eventos y quieren privatizarlo.

Sudáfrica fue un llamado de atención, pero en Brasil prefirieron mirar para otro lado. La FIFA, ese gigante deportivo y económico que tiene más influencia que varios países en el plano político internacional, se volvió a salir con la suya. La Copa del Mundo 2014 ya pasó, y los problemas para el organismo presidido por Joseph Blatter terminaron. Lo pasado, pisado, el negocio de la pelota volvió a facturar y ahora el que deberá limpiar todo y seguir adelante es el anfitrión, Brasil.

No eran caprichosas las multiplicadas protestas a lo largo y a lo ancho del inmenso territorio brasileño contra el Mundial. Mejor dicho, las protestas contra la utilización de fondos públicos para obras de poca importancia real, en un país en pleno crecimiento pero que aún le adeuda mucho en el plano social a sus habitantes, en especial en cuanto a infraestructura.

Los dólares fluyeron de a millones para la remodelación o construcción de estadios modernos. Estadios que albergarían menos de una decena de partidos de fútbol en el periodo de un mes, pero que después quedarían como monumentales obras sin utilización alguna, Elefantes Blancos sin razón de ser, y sin razón de haber sido.

Brasil no tomó nota de lo sucedido en Sudáfrica, otro país en pleno crecimiento, que gastó dólar tras dólar a pedido de la FIFA, ese organismo que exige pero no ayuda, que pide pero no da. Por caso, hoy el estadio de Ciudad del Cabo apenas si sirve para algún partido amistoso, o un recital.

Mismo destino le espera al Estadio Nacional de Brasilia, irónicamente -hipócritamente- conocido como "Estadio Mané Garrincha". La obra más cara para Brasil 2014, una mole de 640 millones de dólares, lleva el nombre del crack brasileño que murió en la más extrema de las pobrezas.

Claro que en Brasilia no hay equipos que jueguen en la primera división del fútbol brasileño. Ni siquiera uno que participe en la segunda categoría. Este esperpento, construido en la ciudad más artificial del Brasil, una urbe nacida de la necesidad política a fines de los años '50, hoy, apenas una semana después de la final del Mundal, ya no tiene uso.

El próximo sábado, 100 parejas contraerán matrimonio en el Estadio Nacional. Ese es el uso que le encontró el gobierno municipal. Sin fútbol, sin otro deporte que llene la cancha, sin recitales ya que las grandes bandas tocan en San Pablo o Río, el estadio no tiene razón de ser. Semejante obra de infraestructura, 0KM, sin utilidad.

El gobierno provincial, que financió la totalidad de la construcción, hoy quiere privatizarlo. Un mes de uso y a otra cosa mariposa. Así es la vida en el fútbol moderno. ¿La FIFA? Contando francos suizos en Zurich. Mientras, en Brasil ahora lidian con un Elefante Blanco, y con la falta de hospitales.

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