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Cuatro ciudades, dos líneas de metro, cinco bondis urbanos, dos micros de larga distancia, un avión y varias cuadras corridas con la mochila encima: dejar Brasil no fue facil.

La tarde de playa, la última de mi estadía en Brasil, va a llegando a su fin cuando Ulises me cuenta que Jorge y Carla, mis anfitriones en Río, me van a preparar un churrasco de despedida. No, se ve que la feijoada de hace dos días no fue suficiente para expresar toda la bondad de los dos mejores cariocas que conocí. Puro amor.

Por unos instantes, temo que el asado brasileño me retrase y pierda el bus a San Pablo, ¿pero cómo voy a decir que no?

Mientras asa las lingüicas (nuestros chorizos) y la picanha, Jorge me aconseja salir a las 20.45 para llegar tranquilo a tomar mi micro de las 22.25. El camino desde el Morro dos Cabritos -mi morada carioca- hasta la Terminal Rodoviaria Nova Río no es corto.
Acepto el consejo de Jorge, pero la charla amena, el Fernet (que dejaron unos amigos de La Plata), la carne y la llegada tarde de Ulises -colega argentino- me hacen perder la noción del tiempo, y recién a las 21.30 miro el reloj. Hace rato que es la hora de partir y todavía no sacamos las fotos de protocolo.

Nos apuramos y antes de salir, con 10 reales, 12 pesos y sin la tarjeta de débito (la perdí en el Fan Fest el día del 1-7 de la vergonha), le pido a Ulises otros 10 reales; vuelve a los minutos con cuatro billetes de dos. "Es lo que tengo", me dice. Espero que alcance.

Finalmente comienzo a bajar los 146 escalones que separan al Morro con Copacabana a las 21.38 y camino con todos los bártulos las seis cuadras que me separan de la Avenida Nossa Senhora.


Cuando pasa el 127 (que hace un camino más largo que el 128, desaparecido en acción), me subo y le pregunto al chofer si llego a tomar el bus -se suponía que debía estarmedia hora antes para canjear el voucher por el pasaje- y éste me contesta: "Voy a hacer todo lo posible".

Los motoristas, como se les dice a los choferes en portugués, ya fueron definidos por mi colega Mariano: "No tienen nada que envidiarle a Rubens Barrichello", por el expiloto de Fórmula Uno, brasileño.

En pos de cumplir su promesa, pisa el acelerador, pasa semáforos en rojo y toma las curvas como si estuviera manejando un monoplaza. Pero ni así alcanza. Llego a la Rodoviaria a las 22.40, quince minutos tarde.

Tras implorarle a un grandote en la ventanilla que me reubique en otro ómnibus para no perder los 84 reales pagados (por cinco, son 420 pesos argentinos), y luego de dos negativas contundentes, termina cambiándome al colectivo de las 22.51, sin costo alguno.

¡Viva Brasil!

El ómnibus llega a Tieté, la Rodoviaria paulistana, a las 5 de la mañana. De allí sale un servicio hasta el aeropuerto que cuesta unos 36 reales. Imposible para mi presupuesto de bolsillo. Entonces decido tomar el Metro, que acaba de abrir, en Portuguesa-Tieté, y voy hasta Sé. Allí combino con la línea roja que va a hasta el Arena Corinthians y me bajo en Tatuapé, donde otro bus, el EMTU, me lleva por 4,50 reales en Guarulhos, el aeropuerto más importante de Brasil. Ahora sí.

En el gigantes aeropuerto paulistano me relajo, tengo tiempo y el avión saldrá en hora. Es momento de flagelar un poco más la tarjeta de crédito para comprar la caja de Garotos en el free shop: sin ella a mi regreso a la redacción de Goal.com habrá tabla.

A esta altura es importante contarle al lector que mi vuelo no va a Buenos Aires, mi ciudad natal, ya que los pasajes los compré en una promoción increíble, con millas de por medio, desde y hasta Rosario. No puede ser tan grave: Fito dice que siempre estuvo cerca.

Algunas turbulencias de por medio, el avión aterriza en el aeropuerto rosarino pasadas las 11 y media de la mañana, pero una tortuguesca e interminable fila de migraciones demora todo una hora más.

Cuando logro salir, con cinco reales y doce pesos en la billetera, averiguo cómo llegar a la Terminal de micros. Claro que el taxi, a 120 pesos, no es una opción.

Pregunto en informes como si fuera un turista suizo -pero sin plata- y me explican que después de rodear todo el aeropuerto, caminar por media hora y atravesar las vías del tren, voy a llegar a la ruta donde pasan unos colectivos que, por menos de 10 pesos, me dejan cerca de la Terminal. Entra en el presupuesto.

Llego a la ruta, llega el bondi, sale 8,50 pero no dan vuelto. Le pago con 10, le digo al chofer que solo me quedan dos pesos en la billetera. "Estás mejor que yo", me responde con una sonrisa.

¡Viva Argentina!

En mi asiento conozco a Diana, que me dice que ella también baja en la Terminal y que me va a acompañar. Pero un piquete -juro que no hay ficción en estas líneas- nos aleja unas cinco cuadras. Camino con Diana y me menciona un paro de choferes de larga distancia. Entre esto y la final perdida con Alemania, si Dios existe tiene en su cuarto una foto mía a la que le tira con dardos.

Afortunadamanete, el paro es el miércoles así que estoy a salvo. Diana me despide con un beso y me obliga a aceptar 20 pesos ("te daría más pero es lo único que tengo", me explica). Los rechazo a pesar de su insistencia, le digo que no me hacen falta. A Diana la conozco hace 20 minutos y ya la quiero mucho más que a Fede Fernández.

Llego a la primera ventanilla de la Terminal. "Hay uno que sale a Buenos Aires ya, 13.30, tenés que correr", me dice una señorita. Pago con la maltratada tarjeta, y corro con mis bártulos. Pero en la "plataforma 2 a la 10" no hay nada.

Reconozco a uno de los pasajeros del avión de San Pablo y me dice que aún no llegó el micro. Veinte minutos después preguntamos en la ventanilla y nos dicen que está "retrasado en el galpón". "Se rompió el termo del chofer o se quedó sin yerba", pienso. No puede ser otra cosa.

Finalmente, a las 14.20 aparece el bendito y destartalado colectivo. Debieron cambiar de unidad por un problema técnico y ahora los números de los asientos no coinciden con los de los pasajes.

Tres señoras que van a La Plata se indignan porque no tienen lugar en el piso de abajo. Dos pasados que toman vino en cartón las insultan, y tres monjas que no entran en la discusión no hacen más que persignarse. Son casi las tres de la tarde y el bondi no sale. ¡Para con los dardos Barba!

Indignado, bajo y trato de mediar. Les explico que estoy viajando desde anoche y que tengo que llegar a trabajar (esto último no es cierto gracias a mi jefe y, especialmente, a la caja de Garotos). Pero las señoras, bien paquetas ellas, quieren que las pasen a otro micro, y que hasta que eso no ocurra nadie se va de Rosario. Comienzo a descreer de Fito también.

Luego de intentar convencerlas con mi tono amable, y de entender que a las viejas (tomo la licencia de llamarlas así en procura de un mejor sinónimo) lo que les molesta no es no poder viajar abajo sino no tener los asientos juntos para charlar. Subo al micro, reubico a un par de pasajeros y entre los aplausos irónicos e indignados de todos abandonamos Rosario.

La odisea finalmente llega a su fin con el arribo a la Terminal de Retiro a las 19, 21 horas y media después de salir del Morro de Copacabana. El micro de la línea 26 me lleva hasta casa gracias al saldo negativo que acepta la tarjeta SUBE (-9,50 pesos) y mi madre me espera con picada y amigos. Casi un día de viaje para cerrar un mes mundialista. Bien vale una Copa.

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