thumbnail Hola,

La Selección jugó ante Alemania una nueva final de la Copa del Mundo, con un resultado adverso y otro positivo: esta Argentina no se olvida nunca más.

Tuvimos que esperar 24 años, vimos pasar cinco mundiales, esperamos 8.771 días, y llegó. Llegaron. Llegamos. Argentina jugó una nueva final de Copa del Mundo.

Como en el 78, como en el 86 o como en el 90, el resultado fue el mismo: Argentina ya ganó.

Porque se gana cuando se queda en el recuerdo, cuando la imagen perdura, se mantiene. Cuando se elogia, cuando se critica, cuando se compara y cuando se quiere, se gana.

Lo peor que le puede pasar a alguien, a una persona, a un grupo de personas, a un equipo, es alejarse de la memoria colectiva. Es caer en el olvido.

No es posible que ocurra con esta Selección.

Es imposible olvidar al campeón del 78, incluso para los que no lo vivieron, o no lo disfrutaron: está en los libros, en las estadísticas. Es el Mundial de Argentina, el de Kempes, el del equipo de Menotti, como también es el Mundial del sospechado 6-0 contra Perú, del terror, del miedo, de la dictadura más sangrienta en la historia del país.

También es imposible olvidar al equipo de 1986. Por el mejor Diego Maradona, por la mano de Dios y el gol a los ingleses, por el regreso a Buenos Aires, el recibimiento presidencial en la Casa Rosada y las miles de personas festejando en unas calles ya liberadas.

El del 90 quedó en el recuerdo a pesar de la derrota en la final, y a pesar de los que aseguran que ser segundo no sirve, que nadie se acuerda de los que pierden. Esa Selección, futbolísticamente débil, generó emociones fuertes por esas carencias. Porque jugó con el alma, por la camiseta, con Diego y Caniggia como estandartes de un plantel sin demasiado vuelo.

Pasaron 24 años de esa Copa del Mundo, la de Italia, y Argentina volvió a jugar contra Alemania.

Pudo haber ganado, pero perdió. Dentro de la cancha, en una final, siempre son buenos contra buenos en un rectángulo de césped precario, con miles de hinchas enloquecidos en las tribunas y millones de espectadores expectantes a través de los medios audiovisuales.

La espera nos arrastró, fue conmovedora la ansiedad. Pero también conmueve la certeza: esta Argentina se ganó a la gente no por el fútbol vistoso ni las declaraciones exhacerbadas, sino porque se sintió propia en cada partido, porque generó sufrimiento y provocó emoción, porque hizo llorar a gente a la que no se le caía una lágrima, y porque devolvió a las calles a miles que no se movilizaban ya por una pelota que entra o que se va cerca del palo.

El final será parte de la historia. Durante unos días habrá críticas despiadadas, pedidos de cabezas para rodar primero, preguntas sin respuestas. Pero la Selección permanecerá en el recuerdo. Porque nos devolvió la memoria de esos tiempos futbolísticamente felices. Estos tiempos que hoy querríamos borrar, pero que en poco tiempo, y en el futuro, serán un buen recuerdo.

Relacionados