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Argentina está en la final de un Mundial después de 24 años, contra toda lógica, porque encontró la manera de potenciar lo mejor que tiene y de superar lo peor.

Esta es una de esas notas que resisten cualquier resultado. Sale el día después del acceso a una final de un Mundial por parte de la Selección argentina. Sale horas antes del dificilísimo partido ante Alemania. Pero se puede leer el lunes. Se puede leer en el 506 y en el 3000 también.

Porque no habla de 90 o 120 minutos de fútbol. De una tanda de penales. Tampoco de un ganador o de un perdedor.

Habla de esa bestia imposible de catalogar. De esa criatura de varios padres. De esa especie que en otras circunstancias, bien podría haber corrido la peor de las suertes. Habla del fútbol argentino.

El fútbol argentino es un milagro. Por más vueltas que tengamos ganas de darle al asunto. Y los milagros son, ante todo, por definición y por naturaleza, inexplicables.

¿Qué derecho tiene el fútbol argentino de jugar una final de un Mundial en 2014 en el que también participan naciones que están varios peldaños por encima en infraestructura, poder adquisitivo, recursos, nivel de vida y también muchas otras cosas?

¿Qué equivalencias se pueden encontrar con el rival del domingo? ¿Y con el que fue derrotado en los penales el miércoles? ¿Y con los dos anteriores?

El fútbol argentino no nació argentino. El fútbol argentino tuvo un papá escocés. Tuvo a una primera Selección con muchos Brown y ningún Maradona. Y vivió una metamorfosis alucinante, que con los potreros como estandartes, pintó de barro las caritas de los futuros cracks. Nacieron gambetas que nunca nadie imaginó en las lluviosas calles de la Glasgow natal de Alexander Watson-Hutton.

Se forjaron clubes poderosos que proyectaron a los talentosos y los llevaron, junto a otros talentosos, a tierras lejanas a traer oro en forma de trofeos. A despertar admiración en ojos europeos, como lo hicieran aquellos infames espejitos de colores que ellos vinieron alguna vez a desparramar por América.

Se multiplicaron las masas sedientas de pases cortos, ávidas de firuletes, hambrientas de gambetas, devotas de superestrellas que comían puchero, tomaban tinto y a las tres de la tarde les pintaban las caras a los de enfrente. Cada familia de la joven nación, hija de la inmigración masiva de trabajadores europeos que escapaban de la guerra con poca ropa y mucha hambre en sus valijas, llegaba a la promisoria Sudamérica y casi sin darse cuenta, se infectaba para siempre con el virus de esta pasión que nunca habría de morir.

No importa cuánto maltraten a esta bestia. Su corazón es enorme. Su fuerza de voluntad, incontestable.

Esos clubes otrora poderosos, bastiones fundamentales de este fenómeno, son puestos una y otra vez de rodillas. Por obra de hombres que no los quieren bien como las masas que los pusieron de pie y que allí los mantienen. Como pueden.

Muchas de esas familias lloran a sus hijos, que fueron a ver a los cracks que hoy ya no comen puchero, ni toman tinto antes de jugar, y jamás volvieron.

Los potreros no aparecen en Google Maps. No los registran los GPS. Ya no les da el sol por culpa de las torres con pileta y SUM.

Pero el fútbol argentino es un milagro. El fútbol argentino tiene hoy a 23 representantes (y al cuerpo técnico), que se parecen mucho más a ésos que jugaban con mocos colgando y cachetes embarrados, que a la casa heredada de Watson-Hutton. Millonaria. Abúlica. Aburguesada. Antipática. Insensible.

Pero la Selección argentina no representa solamente a la entidad con sede en calle Viamonte.

La Selección argentina nos representa más a todos los demás. Estos 23 tipos, antes de llegar ser estos 23 tipos, no contaron con las facilidades de aquellos que juegan en selecciones de la UEFA. No contaron con los profesionales con los que los otros sí. Vivieron presiones que los otros no. Superaron obstáculos, que en otras latitudes son impensados.

Esta Selección de 2014 desplegó por Brasil los mejores valores de la rica historia del fútbol argentino. Gane o pierda el domingo. Haya jugado lindo o feo.

Tiene rasgos de argentinidad que emocionan a cualquiera. Tiene carisma. Tiene talento. Tiene resiliencia, eso que en el fútbol definimos tan bien usando simplemente la palabra ‘huevos’. Está llena de amor, de sacrificio, de lucha por un sueño que es de todos.

Es una patria tan futbolera que si el fútbol fuese un deporte más lógico o si no se hubiera maltratado tanto a la bestia, no tendría nada que hacer en la definición de un Mundial. Hecho que queda mucho más en evidencia ante la comparación con otras patrias y sus propias expresiones futboleras.

Pero los milagros no entienden de lógica. Y así nos gustan los milagros. Así los sentimos más nuestros.

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