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El 78 está en mi memoria emocional. Del 86 y el 90 me acuerdo perfectamente. Pasé 24 años de ilusiones rotas. Cada Mundial renovaba mi fe. Al fin, estamos de nuevo en la Final.

Buenos Aires estalló en las calles. Se escuchan los bocinazos, las esquinas empiezan a poblarse y la ciudad parece volver a vivir después de dos horas. Hay lágrimas aquí cerca. Hay emoción desbordada.

Siete de mis ocho compañeros aquí en la redacción de Goal Argentina no vivieron siquiera el Mundial de 1990. Para ellos es una sensación absolutamente nueva. No saben cómo reaccionar, lo veo. Y adivino que ellos creen que yo sí.

Pero no.

Intento en este regreso al teclado mantener la compostura. Volvimos. Y vuelvo a visitar con el recuerdo aquellas otras finales.

Del '78 no tengo recuerdos, aunque en mi familia aseguran que miré todos los partidos de Argentina. Posiblemente estén impresos en mi memoria emocional. Posiblemente mi razón esté en tensa lucha contra ellos por cuestiones políticas.

Cuatro años más tarde, con mi hermano nos agarramos escarlatina oportunamente para una maravillosa cuarentena en casa. El dolor de quedar afuera apenas fue tapado por el hermoso grito de gol de Marco Tardelli ante los alemanes y el abrazo con mi padre, italiano.

Tenía casi 12 años cuando Diego Maradona nos enamoró a todos los argentinos en México. Sus goles contra Inglaterra y Bégica, así como la final contra Alemania, son un recuerdo del televisor ITT Drean en el living de casa y el sillón deglutiendo nuestras humanidades nerviosas. Y la angustia por culpa de Rumenigge y la desilusión por culpa de Voller y la corrida a la gloria de Burruchaga que nos eyectó otra vez al cielo. Me creí entonces que éramos los mejores del mundo, y esa creencia determinó las expectativas de máxima con que afrontaría los siguientes mundiales.

En 1990 entré por última vez a una iglesia con la intención de pedirle a quien escuchara en forma de rezo: faltaban pocas horas para la semifinal y el living y el ITT Drean -no eran épocas todavía de LCD, ni de fiebre por cambiar la tele en cuotas cada Mundial- esperaban con mi padre. El rezo no tenía que ver con él, que no dudaba en hinchar por Argentina. Pedí que se iluminara aquel equipo que tanto nos había hecho sufrir. A pesar de Caniggia y las manos de Goyco, no retomé mis creencias. En mi favor tengo para decir que pronto olvidé la lista de promesas que hice aquella vez. Tal vez si las recordara...

Lo que aquella Copa del Mundo de las noches mágicas profundizó fue la sensación de superioridad. Aun jugando poco estábamos en la final. Admito que todavía no estaba en condiciones de comprender que el fútbol todo estaba yendo hacia un lugar feo en cuanto al juego, una tendencia a la especulación y a la consagración defensiva. ¡Le habíamos ganado a Brasil! ¡¿Cómo no sentirnos los mejores?!

La final fue un sufrimiento mayor incluso al trámite del torneo. Busqué consuelo en que el penal, la expulsión a Monzón, las amarillas del partido anterior a Caniggia y Giusti, todo, todo eso y más, era parte de un complot internacional de las potencias europeas y el establishment de la FIFA para aniquilar a Diego. Busqué consuelo pero no lo encontré.

Para cuando Rumania nos cacheteó en Estados Unidos, el Mundial 94 ya había terminado para mí, como para la enorme mayoría de los argentinos. Todo el caudal de lágrimas disponible se había agotado con la amputación de las piernas de Diego. ¿Cómo es posible pasar de la euforia que el equipo de Basile había creado en los dos primeros partidos al sepulcro del alma en tan poco tiempo?

Lo que siguió es historia más fresca. Los más jóvenes lo tienen bien fresco. Para ellos, como para gran parte del país, los 24 años que pasaron sin alcanzar semifinales son un dato estadístico más que una sucesión de ilusiones rotas cada cuatro años.

Creí que el destino le tenía reservado un lugar de desquite a la generación que perdió la medalla dorada en Atlanta 96.

Creí que la justicia divina le daría la razón a Marcelo Bielsa.

Creí que tanto título mundial juvenil daría frutos en la mayor de Pekerman.

Y creí -cómo no creer- que con Diego otra vez, que con Diego y con Messi, que ahora sí.

Y no.

Y claro que volví a creer.

Si se había convertido en la rutina de cada año mundialista.

Pero no espere en estas líneas una explicación futbolística. Tampoco una metafísica. No espere explicación alguna.

Ya habrá tiempo para eso.

Ahora, justo ahora, es tiempo de emoción y alegría.

Porque volvimos a la Final.

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