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En 1982, Bélgica venció a la Argentina en el primer partido mundialista de Maradona, quien cuatro años más tarde se tomó revancha en semifinales.

“Muchachos, mátense. Si hay algo que no puedo soportar es ver las finales por televisión”. La frase de Carlos Bilardo, ya famosa a esta altura de las circunstancias, fue dicha cuando el equipo argentino se aprestaba a saltar al campo de juego del Estadio Azteca el 25 de junio de 1986 para disputar la semifinal de ese Mundial. Argentina venía de obtener una victoria enorme, por su resonancia deportiva pero también por su carga simbólica. Tres días después de ganarle a Inglaterra, se jugaba su pase a la final de la Copa del Mundo ante Bélgica.

Los Diablos Rojos de Europa llegaban a ese partido tras eliminar por penales a España. Su clasificación a octavos de final no había sido sencilla, lo hicieron como uno de los mejores terceros, gracias a un triunfo sobre Irak y un empate con Paraguay, en un grupo ganado por México. Pero en la segunda ronda hicieron un partidazo para dejar fuera de competencia a la temible Unión Soviética de Igor Belanov por 4-3.

En la tarde del Azteca, sin embargo, ni el talento de Enzo Scifo ni el poder ofensivo de Jan Ceulemans ni la seguridad del arquero Jean-Marie Pfaff podrían hacer demasiado. Sobre todo, ante el genio de Diego Maradona, que marcaría dos goles propios de su talento, el segundo de ellos tan maravilloso, quizás, como el del “Barrilete cósmico” ante los ingleses.

Bilardo mantuvo el equipo que venció a los ingleses “confiado en que, con cinco mediocampistas y la movilidad de Maradona y Valdano, nos íbamos a apoderar de la pelota desde el primer minuto”, cuenta el ex entrenador en su autobiografía “Doctor y campeón”. Y así fue.

Tras un buen primer tiempo, que se cerró 0-0 porque a Valdano el anularon un gol por mano, llegaron las estocadas del astro, primero entrando en diagonal al área, de izquierda a derecha, anticipando a dos defensores y tocándosela por arriba a Pfaff.  Y luego, en otra apilada majestuosa en la que dejó desairados a Demol, Vervoort y Gerets para definir cruzado ante la salida del arquero.

Aquel 2-0, además de clasificar a la Argentina a la final, saldaba una cuenta pendiente de cuatro años atrás, cuando el mismo rival sorprendió al equipo de César Luis Menotti en el partido inaugural del Mundial de España y le ganó 1 a 0.

Y ese partido, disputado el 13 de junio de 1982 en el Camp Nou de Barcelona, también tuvo como hombre clave a Diego Maradona, quien hacía su debut en una Copa del Mundo.

La gran expectativa que había generado la presentación del campeón del mundo, que a las figuras consagradas de 1978 le había sumado a Maradona, Ramón Díaz y otras figuras campeonas del juvenil de Japón 1979, se diluyó en una pobre actuación.

Erwin van den Bergh, delantero del Lierse que en 1981 había sido el máximo goleador de Europa con 39 conquistas en 34 partidos, convirtió en el minuto 62 el único tanto del partido. Entró sorpresivamente solo a buscar un pase largo de izquierda a derecha, bajó la pelota con el pecho al ingresar al área y, ante la duda de Fillol, tuvo tiempo de acomodarse y definir cruzado al palo derecho.

La oportunidad de desquite llegaría rápidamente y en el mejor momento para Argentina. Este sábado en Brasilia, uno de los dos desnivelará el historial en su favor.

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