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Abajo de Maradona, sonriente, demuestro que ésta es la mejor foto de mi vida

El día que jugué con Diego Maradona

Abajo de Maradona, sonriente, demuestro que ésta es la mejor foto de mi vida

Goal

Hay una máxima del periodismo que es fundamental: siempre hay que estar listo porque no sabés lo que puede pasar. Yo lo estuve y cumplí un sueño del que no me voy a olvidar más.

Playa de Copacabana – 12:43 hs. Me llega un mensaje de mi cuñado tan escueto como importante: “A las 17 partido con el Diego”. Yo, que hasta ese momento estaba tirado en la arena disfrutando de mi primer día de playa luego de dos semanas en Brasil, crucé la Avenida Atlántica corriendo y casi no vivo para escribir estas líneas.

Cuatro horas de viaje me separaban de Recreio dos Bandeirantes, un lugar que para mí está más cerca de mi casa en Buenos Aires que del departamento en el que estoy viviendo en Río de Janeiro. Como cualquier historia, en este glorioso día me tomé un colectivo con el bolsito abajo del brazo, como cuentan los cracks el día en el que se fueron a probar a su primer club. Tres horas arriba de ese micro a cuyo chofer espero no volver a cruzarme y una hora de caminata me depositaron en ese lugar que jamás voy a olvidar.

Había casi treinta personas en la cancha todos integrantes de la producción del programa De Zurda, y yo cambiado para jugar, pero sin lugar en ninguno de los tres equipos que iban a rotar contra el de Diego y sus amigos. Sin embargo estaba listo. Para reemplazar a cualquier lesionado, para meterme corriendo si los astros se alineaban para mí.

Pasó una hora y media y ya tenía más de veinte fotos del 10: con la pelota en los pies, pidiéndola, pateando, incluso grabé un tiro libre precioso que Diego clavó en el ángulo, como en sus mejores épocas. Es más, me animo a decir que de toda su vida, este es uno de sus mejores momentos. Ya ni pensaba en entrar, sólo quería agarrarlo antes de que lo rodearan todos para poder sacarme una foto, esa que no voy a olvidar nunca más.

“Últimos cinco”, dice Diego, desde adentro de la cancha, después de no se cuántos partidos. Su equipo no había perdido nunca y los otros tres desfilaban cada dos goles por la peor cancha que vi en mi vida. Una mezcla de arena y tierra en donde casi nadie podía calcular para dónde iba a salir la Brazuca. Casi. Porque él sí. Él, a los 53 años y con las rodillas bastante desgastadas, nunca tuvo problemas para matarla de pecho o con esa zurda que, pude comprobarlo, es de carne y hueso, como la zurda de cualquiera.

Cambio de equipo. Le toca entrar al del hermano de mi cuñado, que en complicidad con el marido de mi hermana, en un gesto inolvidable me tira la camiseta y me dice: “Entrá vos, Lucho”. El nudo que tenía en la panza se transformó en una cadena de calambres que me endurecieron las dos piernas, pero entré. Entré y lo fui a marcar a él. Porque si bien no iba a poder tirar una pared, sí me iba a dar el gusto de seguirlo bien de cerca.

Lateral en ataque para ellos, estoy atrás de Diego y se la dan a él. Lo quiero mucho, lo amo futbolísticamente, pero ahora le quiero sacar la pelota y lo anticipo sin tocarlo, porque no creo tener derecho de ir al choque con el mejor de todos los tiempos. Tiro una pared con un compañero de equipo y después de entregarla al medio, otro delantero se pierde el gol.

Inmediatamente llegó el momento mágico. “¡Muy buena! La armaste vos pibe”, esa voz inconfundible me inundó la cara. Era Diego. Diego Maradona diciéndome a mí, un cuatro de copas, que había hecho bien una jugada. Todavía no tuve un hijo ni planté un árbol, pero siento que puedo morirme en paz.

Lo miré de cerca, no quería hablarle porque al fin y al cabo estábamos jugando un partido de fútbol y éramos rivales, pero le deslicé un: “No lo puedo creer”, llorando y riendo al mismo tiempo. Se rió y me ganó la espalda para ir a buscar un pelotazo que agarró el arquero de mi equipo.

Además de haber cumplido el sueño de mi vida, también hice algo que una selección entera de Inglaterra no logró en un Mundial. Shilton, LTA. Se la saqué a Diego abajo del arco. Un minuto y pico más tarde, el partido se terminó y yo ya no podía más.

Le choqué los diez al ídem y le di una palmada en la cola, como si fuera un amigo, como si fuera uno más. Nunca lo va a ser, claro. Como tampoco va a ser igual mi vida después del día en el que toqué el cielo con Dios en una cancha de tierra.