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La gente pasó de la inquietud a la algarabía, de la celebración a la queja, y de la decepción al carnaval en tan solo 90 minutos. Salvador no sabe de medias tintas y así se vive.

Preocupación. Alegría. Indignación. Rectificación. Alegría. Dudas. Alegría. Tirolesa. Así fue mudando el estado de ánimo de los brasileños durante el partido frente a Camerún, que finalmente acabaron ganando 4-1 para consagrarse primeros en su grupo y decretar su pase a los octavos de final en Belo Horizonte, frente a Chile.

Lo de la tirolesa no es un error de tipeo: en el Fan Fest de Salvador, entre cervezas, trompetas, gorritos y festejos, había dos cables de 40 metros de largo donde la gente podía saltar y llegar de punta a punta por el aire, en frente de la pantalla gigante.



En el interín, los brasileños la pasaron mal, bien, pésimo y ¡viva Brasil porra! (expresión típica de descargo). Porque en Salvador no hay estado medio, ni en los bares ni en el Fan Fest, que es un mar de gente al lado del mar de agua gritando porque su Selección juega mal, juega bien, juega horrible y Felipao es lo más grande que hay.

Y entonces, pasamos de sufrir porque México tiene los mismos puntos y solo un gol menos a "goleamos a Camerún 4-1" y ¡Pentacampeao! ¡Pentacampeao! ¡Vamos por el hexa! Y Neymar es otra vez el redentor, crack de cracks, y a Fred lo perdonamos porque la metió de cabeza. No, lo de la semana pasada era puramente crítica constructiva.



Y el partido terminó pero la fiesta otra vez comienza, y de los gritos de gol frente al Faro de la Barra pasamos a la percusión sin fin en las calles de la Orla (la famosa Avenida del Mar). Y ya nadie se acuerda del partido, solo se sabe que Brasil goleó, como aseguraban todos en la tele -a pesar de que Ronaldo, sí, el fenómeno, antes del juego decía que con el 1-0 estaban perfecto- y que hay que festejar. Hasta en tirolesa. Porque en Salvador siempre se festeja.

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