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Cientos de miles de solicitudes, demoras en los procesos, sorteos sospechosos: la utópica aventura de conseguir un ticket para la Copa del Mundo, en primera persona.

Hace más de un año que decidí ir al Mundial de Brasil. La cercanía, Lionel Messi, la Selección –sí, soy muy hincha de la celeste y blanca-, algo de dinero ahorrado, mi fanatismo por los Mundiales, mi profesión, inclinaron la balanza. Ir, como sea. Pero ir, y tratar de ver los partidos en la cancha. Algo que no será nada fácil…

La venta de entradas para este tipo de eventos no es un trámite sencillo. Millones de personas de todo el mundo se disputan, quiero creer que de manera justa, los tickets para la Copa del Mundo. La FIFA las pone en venta a través de su página web y comienza la locura. Porque los que se la pasan diciendo que no les interesa, que sólo son hinchas de sus clubes, también quieren ir.

Aunque recontra confirmaron que la primera etapa de expendio sería por sorteo entre todos los que aplicasen y no por orden de llegada, yo, ansioso, completé el formulario 15 minutos después de abierta la venta, el 20 de agosto. Argentina x 7, elegí, aunque recién el 6 de diciembre se sabrá dónde juega la Selección.

Pasaron los días y comenzaron las especulaciones. Cálculos de dinero, Excel con los distintos grupos y posibilidades, los viajes, los amigos que quieren ir, las cábalas de Sabella, la concentración en Belo Horizonte. A mitad de camino, cambié de parecer. ¿Ir a Brasil por primera vez en mi vida para viajar como un loco a ciudades sin mar, como San Pablo, Brasilia, Belo Horizonte? ¿Y Porto Alegre, donde toman mate y ni siquiera parece Brasil? No.

Entonces, cambio de rumbo. Río de Janeiro x 5. Natal, Fortaleza, Salvador y Recife son muy tentadoras, pero allá arriba, lejísimos. El volantazo permitiría ver a varias Selecciones cabeza de serie en el Maracaná y, además, evitar los desplazamientos dentro del gran país vecino.

Pasaron septiembre y octubre y la FIFA debía avisar de los resultados. Comenzó noviembre y algo inesperado sucedió: por pedido de las autoridades brasileñas, que querían monitorear el sorteo, el mismo se atrasó una semana. ¡Locura! El lunes 11/11 comenzaba la segunda etapa de venta y la semana anterior nadie tenía noticias. Los mensajes de texto regalaban autos y motos de todos los colores, pero nada de fútbol.

Encima, en Argentina nos enteramos que apenas nos habían tocado 4.500 sobre 250.000 solicitadas. Si se repasa la lista de países favorecidos por el sorteo, uno entiende que son los habituales viajeros: Estados Unidos, Australia, Alemania, Francia, Canadá, Japón, Inglaterra. Aunque algunos no sean tan futboleros. Y cuesta no pensar mal.

Finalmente, el jueves 7 de noviembre al mediodía, noté que mi cuenta de entradas en FIFA.com decía NO AGRACIADA. Ellos no me habían comunicado nada –lo hicieron el viernes por la tarde-, pero la decepción ya me invadió. Por suerte, un amigo las consiguió y voy a esforzarme para que me revenda al menos un Suiza-Honduras.

Habiendo sobrevivido al triste fin de semana, el lunes bien temprano estuve dispuesto a luchar por un lugar en el Maracaná. El bendito F5 no fue necesario, porque una “cola virtual” mantenía a los interesados esperando por poco más de 200 mil entradas.

Tras más de dos horas de espera, la señal sonora indicó que era mi turno. Nervioso y transpirado, noté que no había lugares disponibles para Río de Janeiro, ni para los partidos de Argentina. Tampoco para la segunda fase. ¿Entonces? Se había agotado casi todo. Sólo podía comprar partidos en el Amazonas, mucho más interesante para avistaje de monos que para el fútbol, o en las lejanas ciudades del Norte. Pero ir hasta Natal por un solo partido es un lujo que no puedo darme.

En fin, a Brasil voy a ir igual, pero por ahora tendré que conformarme con mirar los partidos en el hostel, junto a los canadienses que hayan revendido sus tickets para comprar más caipirinha y garotos. Habrá más oportunidades de comprar entradas en diciembre, pero quizá Blatter se las venda a los portugueses para amigarse con Cristiano Ronaldo…

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