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Diez hinchas de Peñarol están detenidos por los incidentes del pasado domingo, y dos de Nacional ya fueron procesados.

Tan clásicos como el partido mismo son, desde hace mucho tiempo, los desmanes provocados por un grupo de personas que se autodenominan hinchas y que, lejos de hacerle bien al fútbol uruguayo, se encargan de denigrarlo y dejarlo mal parado a los ojos del mundo. Mientras tanto, las autoridades promueven este tipo de actos en lugar de defender a las familias que, cada día, están más ausentes de las canchas.

Este domingo volvió a suceder. Peñarol le ganaba bien a Nacional por 3-1 (acabó 3-2), cuando el árbitro Daniel Fedorczuk fue advertido de los incidentes que se desarrollaban en la tribuna popular donde estaban los hinchas aurinegros. El partido fue detenido durante once minutos mientras los jugadores, que deberían haber sido los únicos protagonistas del clásico, miraban desde el césped cómo un grupo de energúmenos, algunos de ellos cubriendo sus cabezas con camisetas para no ser identificados por las cámaras, arrancaba butacas a mansalva, rompía caños, piletas y cuanta cosa se le ponía enfrente. Y, en algunos casos, usaron estos elementos como proyectiles para lanzar, desde lo más alto, a los efectivos policiales que estaban parados afuera del Estadio Centenario, sin ingresar, a causa de un “acuerdo previo” con los referentes de ambas barras bravas.

La hinchada tricolor ocupaba la mayor parte del estadio, por ser el local, y la raíz del problema fue que ingresó en su popular con lo que se conoce como un “trofeo”. Una bandera de su tradicional adversario, que hace referencia a un chico fallecido en otro incidente tras peleas entre ambas parcialidades hace algún tiempo.

Que hubo una provocación de un sector de la hinchada de Nacional, no cabe duda. Que otro sector de la de Peñarol reaccionó de la peor manera, tampoco. Lo insólito es que las autoridades sigan pensando que el problema pasa por ingresar con botellas, bolsos, o papeles; todos elementos incluidos en la lista de prohibidos para este partido, y no se den cuenta que mientras continúen sin tomar medidas drásticas contra el grupo de gente que sólo va al estadio para crear problemas, y se las ingenia para conseguir un proyectil aunque tenga que arrancarlo de una pared con sus propias manos, lo único que logran es alejar a los niños, a las familias, a los verdaderos hinchas del fútbol, de los escenarios deportivos.

Desde que en el año 2006, un hincha de Peñarol asesinó a uno de Cerro frente a su mujer y su hijo a pocas cuadras del Centenario, existen regulaciones contra los violentos, y promesas de implementar sanciones, que al poco tiempo quedan en el olvido. Nuevamente estas personas ingresan sin ningún tipo de problema con el apoyo de los dirigentes de los equipos, en muchos casos por amenazas y en otros por ignorancia. Es por esto, que en vez de buscar una solución, clubes y Ministerio, se acusan mutuamente.

Fuentes policiales aclararon en las últimas horas que no era necesario el ingreso de los efectivos porque “no había personas agredidas ni lesionadas dentro de la tribuna”. Y es cierto. Además de la pésima imagen que Uruguay le estaba dando al mundo, el único lesionado fue ese viejo estadio de cemento, que ni siquiera por ser un Monumento Histórico del Fútbol Mundial, y orgullo de todo el pueblo oriental por lo que significó organizar allí el Mundial de 1930, es protegido de este tipo de inadaptados. Bajo ningún concepto merecen ser llamados “hinchas”, pues como dijo el capitán de Nacional, Andrés Scotti, “los hinchas no vienen a romper el estadio”.

A estas alturas, diez hinchas de Peñarol permanecen detenidos luego de haber sido identificados a través de videos, mientras arrojaban vallas de seguridad a los policías que estaban fuera del escenario, y se espera por la decisión que la jueza a cargo tome sobre cada uno de ellos. Por el momento, ya procesó a otros dos individuos, identificados con Nacional, pero por otro problema suscitado durante el partido de la reserva, cuando intentaron cambiarse de tribuna y para lograrlo, agredieron a dos efectivos policiales.

 

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