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Nuestro primer enviado a Brasil cuenta algo llamativo: en el país del fútbol, a una semana de que empiece la Copa del Mundo, no pasa nada. Encima sigue complicado con las chicas...

Nacho Catullo
Mundial de mochila
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Me quiero hacer el periodista deportivo y voy a un bar a ver el amistoso entre Brasil y Serbia. Llevo la compu, la cámara de fotos, el grabador. Todo. Anoto la formación: Julio César; Dani Alves, Thiago Silva, David Luiz, Marcelo; Luiz Gustavo, Paulinho, Óscar; Hulk, Fred y Neymar. Es que haberme cruzado más temprano en Botafogo con un mexicano de Televisa y con Leo Colautti de Radio Provincia, me despertó el bichito futbolero. ¡Esto es un Mundial, viejo!

Pero qué partido aburrido. Los amistosos deberían suspenderse, porque los futbolistas de hoy no están preparados para divertirse. No se sabe si es miedo a lesionarse o deseo infinito de ganar de cualquier forma, pero la cosa es que no se hacen dos pases seguidos ni en el calentamiento. Para mí, no tienen ganas de jugar. Encima, en Copacabana hay menos clima de Mundial que en la casa del Principito Sosa.

Rúa Constante Ramos, a tres cuadras de la playa. Miraflores: bar de los baratos, que vende a 7 reales la cerveza de 600 ml, ya sea Antarctica, Brahma o Skol. Juega la ‘Seleçao’ y está lleno, pero no le prestan demasiada atención. Algunos frenan y espían. Al gol de Fred lo fetejan sólo los hinchas de Flu, mientras el delantero se lleva la mano a una oreja porque parece que quiere escuchar más gritos. A una semana de la Copa, el goleador del equipo local le hace gestos a los paulistas que llenaron el Morumbi y lloraron con el himno, pero enseguida murmuran por la pobre actuación. No me vengan con que los hinchas de la Selección no son los mismos que los de los clubes porque me obligarían a ponerme a laburar.

Brasil tiene unos jugadorazos, pero estoy convencido de que el entrenador Scolari –ya todos saben quién es el DT de Brasil, pero para que esto sea encontrado fácilmente en Google debo mencionarlo- es capaz de sacar a Oscar y poner a Ramires y jugar todo el Mundial de contragolpe, inclusive ante México, que llega más golpeado que @Cristiano.

En São Paulo llueve pero en Río la humedad es insoportable. La lavandería es tan cara que no conviene transpirar la camiseta. Comparto con Ernesto una porción de torresmo, que cuesta 4 reales, y nos cae como una bomba. Son pedacitos de cerdo fritos, acompañados por una rodajita de lima, que tiene más utilidades que la Sube.

Suena el himno de Uruguay y silbo la parte que sé. Me divierto como en la final de la Copa América en cancha de River, cantando ‘Sa-bre-mos cumplir, ta, ta rá, ta rá, ta rá, sa-bre-mos cumplir…’. Los más grandes piropean a las mujeres. Los jóvenes hablan a los gritos. Todos toman cerveza a un ritmo osado.

Neymar recibe una falta y exagera. -¡É para cartão!-, exclama el más fanático del lugar, mientras el mozo nos trae una cerveza que nunca pedimos. ¿Nos la regala? No. Llegan dos morenas y son mironas. Con el cordobés ponemos cara de picantes pero seguimos discutiendo de Bielsa y Basile. El chabón le dijo a los belgas que no quería a Messi porque La Pulga sacó a Tevez de la Selección. Mito. Como que Palacio no sabe definir.

Termina el partido. En el hostel me espera Ricardo, el skater que dijo que Panamá tenía mejor equipo que Argentina. Le pido una caipi, le saco una foto y confiesa que era un chiste para hacerme enojar. Yo, pichón, entré y lo metí en las redes sociales. Se lo muestro y se caga de risa. Ya no nos importa el Mundial. No tenemos entradas; no juegan Ribéry ni Reus y Sabella insiste con Marcos Rojo. Mejor nos vamos de joda.

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