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El central mantiene el pulso con su técnico tras declarar que "no sabe si su suplencia fue un castigo" y se muestra resuelto a no terminar una guerra fría que él no comenzó.

De todos los futbolistas que componen el plantel del Real Madrid, Sergio Ramos es el más directo y pasional. También el menos temeroso ante las maniobras coactivas con las que Mourinho equilibra el orden de poder centralista y unidireccional que rige el vestuario blanco.

Después de la victoria en Vallecas, el segundo capitán del equipo mostró la firmeza de quien se siente arropado por los suyos. No retrocedió ante la mordaza que le pretendía poner su jefe. “No se si será castigo. Mis cosas y las cosas de familia las resuelvo de puertas para adentro”, lanzó sin titubear, con la convicción que guía a los mártires, sabedores que la defensa del ideal frecuentemente está destinada al paredón.

En el principio del curso, en una dinámica que se inició ya durante la temporada pasada, el central campeón del mundo ha sido de los empleados más disidentes con la manera de gestionar las derrotas y de depurar las responsabilidades de Mourinho. Junto con Iker Casillas, Ramos abandera la insurgencia nacional ante el trato displicente que Mourinho dispensa a algunos miembros del plantel, especialmente los no representados por Jorge Mendes.

Siempre que se ha tratado de señalar culpables, el mánager ha encontrado argumentos para identificar a los jugadores más perimetrales de él y coartadas para defender a sus allegados, futbolistas como Coentrao, a los que se ha encargado de salvaguardar en público y en privado con una vehemencia que ha sorprendido y enojado a algunos de los miembros con más peso del plantel.

Ramos y el mánager del Real Madrid mantienen una guerra fría que alcanzó una dimensión pública tras la derrota en Sevilla, cuando el futbolista contravino las declaraciones sumarias de su entrenador, que reprobó en rueda de prensa la actitud de sus hombres. Algo que Mourinho interpretó inequívocamente como el germen de un brote público de cuestionamiento sobre su poder y que quiso aplacar con un mensaje atronador hacia todo el grupo en cuanto tuvo la oportunidad.

Con la suplencia de Ramos ante el Manchester City, Mourinho creyó atajado uno de los focos subversivos que más lo han incomodado desde que tomó las riendas del Real Madrid. Asumió que su decisión iba a incrementar la tensión interna que se vive, pero ponderando los pros y los contras, llegó a la conclusión que su particular manera de liderar era más importante que los riesgos que implicaba postergar a Ramos y promocionar al imberbe Varane.

De cara al partido contra el Rayo Vallecano, el mánager estudió con precisión el siguiente movimiento a ejecutar, decidiéndose por restituir la titularidad del español, sabedor que una nueva degradación del central hubiera amenazado con incendiar el vestuario y expectante, aunque no confiado dada la personalidad del jugador, de que la medida coactiva hubiera surtido efecto. Ramos, conocedor mejor que nadie de los motivos arbitrarios de su suplencia en Champions, no retrocedió ante su jefe. “No sé si fue un castigo”, lanzó a Mourinho, deslizándole que el no va a terminar una guerra que no ha empezado. Mueve el general.

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