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Tras 22 meses de suspensión, a causa de la masacre que terminó con la vida de 74 personas en Port Said, la pelota volvió a rodar en el gigante africano. Una historia familiar.

En Argentina, la violencia en el fútbol dejó un saldo de 14 muertos en 2013. Dato estremecedor desde el momento en que hablamos de un deporte que no debería terminar con la vida de nadie. La estadística se vuelve más insoportable si se tiene en cuenta que, desde julio, solo concurrieron hinchas locales a los estadios. Y así como así, hablando de violencia, muertes y fútbol, todavía hay millones de personas en la Argentina que no pueden creer que los hinchas visitantes no puedan ir a la cancha.

Ahora bien, ¿qué pensarían si la prohibición de ir a los estadios no solo rigiera para los visitantes sino para todos los hinchas? ¿Y si en lugar de seis meses fueran dos años? ¿Y si ni siquiera se pudieran ver los partidos por tele porque el fútbol se suspendió definitivamente?

No. No crea que es una exageración. Si no pregúntele a los egipcios, que desde febrero de 2012 hasta diciembre de 2013 se quedaron sin ver la pelotita rodar por los campos de juego. Sin festejar goles ni campeonatos. Sin llorar derrotas ni descensos. Sin ovacionar a los refuerzos recién llegados ni insultarlos cinco fechas después. Sin siquiera cantarle a los hinchas contrarios que no tienen aguante.

En Egipto, la muerte fue tan apabullante que se cargó al fútbol durante 22 meses. El 1 de febrero de 2012, justo después de que el dueño de casa Al-Masry derrotara 3-1 a Al-Ahly, en Port Said, miles de personas que –se suponía– alentaban al local ingresaron al campo de juego a atacar y violentar todo lo que se les pusiera delante, en especial a los seguidores de Al-Ahly, equipo de El Cairo. ¿El saldo? 74 muertos y cerca de mil heridos.

Así como en Argentina las barras bravas suelen ser usadas como fuerzas de choque de distintas facciones políticas, en Egipto sucede algo similar. El clásico más importante de Egipto es entre Al-Ahly y Zamalek, los dos clubes más importantes del país (ambos de El Cairo). Cuando se enfrentan, el nivel de violencia es tal que deben jugar en un estadio neutral y con un árbitro extranjero. Sin embargo, para derrocar al dictador Hosni Mubarak –en el poder por más de 30 años– combatieron hombro a hombro.


Los ultras egipcios fueron adquiriendo más notoriedad y sus batallas campales terminaron sirviendo como entrenamiento para los acontecimientos políticos. ¿Qué fuerza de choque mejor preparada para luchar contra el ejército y la policía que las barras que se pelean cada fin de semana en la cancha? “El fútbol jugó un papel clave en el final de Mubarak. Los 'ultras' fueron los únicos en la plaza Tahrir que tenían una organización física y cierta experiencia en la lucha callejera”, señala el analista James Dorsey, autor del blog mideastsoccer.blogspot.com (Fútbol de Medio Oriente).

Así, durante la revolución egipcia que acabó con el régimen autoritario de Hosni Mubarak en febrero de 2011, las barras de clubes como Al-Ahly, Zamalek o Al-Masry fueron protagonistas, a veces unidas –a pesar de que en las tribunas defendían distintos colores– y otras veces enfrentadas. Pero ese protagonismo se mantuvo y fue el que llevó a la masacre de Port Said.

Un año más tarde, y ante la inacción de la policía que permitió que miles de “hinchas” ingresaran armados al estadio, los ultras de Al-Masry (defensores del régimen de Mubarak, ya derrocado) se vengaron de los de Al-Ahly y todo Egipto salió perdiendo. Aquella noche, la mayoría murió asfixiada, aplastados mientras intentaban escapar, o por hemorragias internas mientras los policías se limitaban a mirar.

“Me sacaron en un camión blindado, como un tanque de guerra”, explicó Oscar Elizondo, único argentino presente en la masacre que terminó con 74 vidas. “Cuatro chicos fallecieron en nuestro vestuario, delante nuestro”, agregó quien era por entonces ayudante de campo de Manuel José, el DT portugués de Al-Ahly.

Hoy, Elizondo vive en Qatar, donde trabaja junto a varios colegas egipcios que abandonaron el país después de la masacre. La Federación Egipcia de Fútbol fue disuelta por el Parlamento; la Premier League suspendida por tiempo indefinido; el gobernador de Port Said destituido. Algunos jugadores, como Mohamed Aboutrika y Mohamed Barakat (históricos de la Selección egipcia), decidieron retirarse del fútbol ante lo sucedido. Los entrenadores de ambos equipos renunciaron a sus cargos, lo mismo el presidente de Al-Masry. 

Pero la muerte suele traer más muerte, y Egipto no fue la excepción. En enero de 2013, cerca de 30 personas murieron en los disturbios que se ocasionaron en Port Said después de que un tribunal egipcio condenara a pena de muerte a 21 de los más de 70 acusados de perpetrar la matanza en el histórico partido. Varios ultras de Al-Masry (conocidos como “Green Eagles”, águilas verdes) intentaron asaltar la prisión para liberar a los acusados de la matanza. Muerte multiplicada por muerte.

Dos presidentes derrocados en tres años (Mubarak y Mursi); el Ejército entrando y saliendo del poder; musulmanes acusados de terroristas e Iglesias católicas incendiadas; masivas manifestaciones y una democracia pisoteada. En ese contexto, y tras varios intentos fallidos, Al-Masry y Zamalek protagonizaron el regreso del fútbol en Egipto: fue triunfo del equipo local, a puertas cerradas y en la ciudad de Suez (para evitar problemas debió hacer de local fuera de Port Said), por 2-0. Este lunes se jugó la segunda fecha entera. Y una vez más...el fútbol festejó sin hinchas en un país que tiene poco y nada para celebrar.

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