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Finalizó la edición 12/13 del torneo más federal del fútbol argentino y dejó una certeza: deben cambiarse de raíz fallas organizativas que impiden su crecimiento.

La Copa Argentina llegó a su fin. Arsenal de Sarandí derrotó a San Lorenzo en Catamarca y se consagró campeón de la edición 2012/13. Pero ni la emoción que generó este certamen en sus instancias decisivas basta para equilibrar el debe y el haber del torneo "más federal" del fútbol argentino, que aunque acaba de cumplir su cuarta edición (la segunda de su nuevo ciclo), todavía tiene muchos detalles por ajustar y demasiadas cuestiones que deberían modificarse completamente.

Además del nivel de aceptación con el que cuenta entre los hinchas y toda la gente vinculada al fútbol, son innegables los puntos a favor de este torneo nacional que, tras volver a disputarse de manera regular entre 2011/12 con la consagración de Boca, inició su última versión con nuevo auspiciante, más equipos e incrementos en los premios. Sin embargo, en la 12/13 se repitieron errores organizativos de la edición anteior y por eso la Copa Argentina aún es mirada de reojo por una porción del pueblo futbolero.

Si bien para los 224 participantes asoman como un gran incentivo los premios económicos por avanzar de fase, es otra la principal motivación de los clubes de B Nacional, Primera B, C y D, y Torneo Argentino A y B. Los equipos de ascenso toman cada choque con rivales de categorías superiores (sobre todo contra los denominados 'grandes') como la gran chance de emular al Alcorcón ante Real Madrid en la Copa del Rey 09/10, dar el batacazo y hacer historia.

Además de esas motivaciones y de los pasajes directos para jugar Supercopa argentina y Copa Libertadores que gana el campeón, la Copa se suma otro poroto al llevar los partidos de River, Boca, Racing, San Lorenzo e Independiente al interior del país, ya que así le da a la gente la posibilidad de ver en vivo en su ciudad a equipos que no pisan nunca esas provincias más que para algún esporádico amistoso veraniego.

No obstante, ese último punto, el de trasladar los encuentros a diferentes puntos de la Argentina, es la esencia de las desprolijidades organizativas de todo tipo que padece la Copa. Básicamente, si los gobiernos provinciales no desembolsaran ciertas sumas para comprar los paquetes de partidos, no habría premios económicos y, por lo tanto, no existiría la Copa Argentina.

La sucesión de condicionantes comienza desde arriba y, de ahí hacia abajo, las consecuencias se reflejan a la hora de salir a la cancha. Como las provincias pagan por cierta cantidad de encuentros de cada ronda aspirando a que se clasifiquen a esas llaves los clubes de mayor convocatoria, se termina jugando un cruce de octavos o cuartos de final con menos de 1000 personas en toda la cancha debido a que los resultados no se dieron como se preveía.

Al disputarse durante la misma época que los campeonatos locales y siempre en días de semana (miércoles, principalmente), los estadios semivacíos del interior son la postal que mejor describe a este torneo que puede enfrentar en fases finales a dos equipos bonaerenses en Catamarca (como pasó en la final entre San Lorenzo y Arsenal) o San Juan, o a dos clubes rosarinos en Formosa. Es obvio que si se desarrolara en escenarios más cercanos a los equipos en cuestión, no habría tantas tribunas desérticas.

Del mismo modo, un fixture más claro desde el arranque y una programación relativamente definida también aportarían bastante al crecimiento de la concurrencia, para así luego no tener compromisos de 16avos de final el mismo día que se juega uno de 24avos, ni que haya que variar los costos de las entradas y ponerlas a $20 (3,4 dólares) para intentar atraer al pueblo chaqueño, por ejemplo, a presenciar un Talleres de Córdoba (B Nacional) - Estudiantes de Buenos Aires (Primera B) por cuartos de final, mientras que dos rondas atrás, ver al Pincha de Caseros frente a River en Catamarca había costado cuatro veces más.

Ante este panorama, son evidentes las dos caras de la Copa Argentina. Una tan positiva como federal, pero otra demasiado desalineada que sólo aporta confusión entre los participantes e invita a imaginar cambios que deberían realizarse en futuras ediciones, si el objetivo es que el certamen se mantenga y crezca.

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