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Los dos son los técnicos más ganadores de la historia de los clubes más grandes de Argentina. Sin embargo, ambos están en deuda desde que volvieron.

Los hinchas de Boca y River explotaron de alegría en diciembre del año pasado, cuando se consumaron los retornos de Carlos Bianchi y Ramón Díaz. Lógicamente, saber que volvería a estar en el banco el entrenador que más títulos ganó en la historia de un club es para ilusionarse; pero hasta ahora los resultados no son los deseados y, peor aún, hay una llamativa falta de autocrítica.

Los dos llegaron en el último mes del 2012, aunque en el Xeneize fueron más prolijos y esperaron a que finalizara el vínculo de Julio César Falcioni para presentar al Virrey. El Millonario, recién ascendido, adelantó el final del ciclo de Matías Almeyda porque necesitaba puntos y volver a ser campeón, ya que así cerraría un poco esa cicatriz fresca que aún conserva. En La Ribera, todo era ilusión porque después de un verano con pocas incorporaciones, Román levantó el teléfono y volvió a formarse el combo explosivo: Bianchi, más Riquelme, más Copa Libertadores.

Sin embargo, los resultados no acompañaron y, aunque los dos fueron complacidos con los refuerzos que pidieron, el rendimiento de ambos equipos fue irregular y sus técnicos no estuvieron ni cerca de reconocer su cuota de responsabilidad. Ambos adoptaron la costumbre de desligarse de los errores del equipo con la suficiente cintura como para tampoco exponer a los jugadores. Uno habló constantemente de mala suerte más errores arbitrales y el otro, con el tormento de las lesiones de las cuales nunca se hizo responsable, casi que se limitó al “hago lo que puedo”.

Además de la falta de buen juego, también faltó humildad en muchas conferencias de prensa y aunque muchas veces las preguntas son incómodas o directamente de muy bajo nivel, la ironía y soberbia de ambos no hizo más que agregarle una presión extra a los jugadores, porque las críticas son cada vez más enfáticas. Desde un lugar rebuscado, se podría pensar que la estrategia era motivar a los jugadores haciéndoles creer que había que ganar para taparle la boca a la prensa, pero eso tampoco funcionó, porque hubo críticas desmedidas y carentes de argumentos que tampoco lograron una mejora en el rendimiento de los jugadores.

El nivel de arrogancia es tan grande, que uno se despegó del descenso de un club que supuestamente ama y el otro, que no quiso colgarse la medalla de subcampeón en la Intercontinental 2001 y en la Libertadores 2004, ahora se escuda detrás de la frase: “El campeón es uno solo”. Lo que dijo Bianchi es cierto y aún hay posibilidades de que su equipo sea el campeón, pero ya está demostrado que hasta el más irregular puede llegar al título si tiene una mini racha positiva en un torneo tan corto.

Las historias de Carlos Bianchi y Ramón Díaz son similares: ambos ganaron varios títulos y muy importantes. También los dos volvieron al mismo tiempo en épocas de sequía para Boca y River; y casualmente las estadísticas de este año son similares. Lamentablemente, comparten el pecado capital de la soberbia y aunque nunca perderán la condición de ídolos van en camino a ser cuestionados.

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