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Los jugadores de Boca, que hace cuatro días parecían estar muertos, revivieron en tiempo récord y llevaron adelante con una actitud que no se veía desde hacía tiempo.

Patricio Loustau marca el inicio del partido. Mueve Vélez y enseguida, en esos primeros 10 minutos, ya se ve a un equipo nuevo. Boca presiona, incomoda, obliga. Calleri los corre a todos, Gago ya no está lesionado, juega y hace jugar, Erbes vuelve a su hábitat natural y demuestra por qué se merece ser titular, Colazo ya no es más ese volante tibio y se transforma en un lateral con oficio, el Cata Díaz cierra a todos y anula a Pratto…

Pero, ¿dónde estaban hace cuatro días? ¿Dónde estaba esa actitud, esa garra, que tanto caracteriza a la historia Xeneize? Rodolfo Arruabarrena tuvo tan solo dos entrenamientos y metió varios cambios importantes que hicieron la diferencia. Pero al margen de esas modificaciones se vio a otro equipo, con otra conducta. 

De repente, los centrales comienzan a marcar como corresponde, la defensa funciona casi sin fisuras, todos hablan, todos indican, todos se ordenan. En el medio hay fútbol y hay combate. El equipo, que tenía falla en todas las líneas, casi que llevó adelante un partido perfecto, donde tal vez donde dejó más dudas fue en la delantera. ¡Hasta dio vuelta el partido! Hacía casi un año (ante Tigre, por el Torneo Inicial 2013) que no realizaba tal hazaña…

La llegada de un nuevo técnico altera las cosas, renueva las chances. Y la salida de otro obliga a mostrar cierta rebeldía. Antes de irse, en sus últimas conferencias de prensa como entrenador del club, Carlos Bianchi dijo que confiaba en sus jugadores y que creía que con ellos podía dar vuelta la situación. No estaba tan equivocado. Los que ya no confiaban en el DT eran los futbolistas.

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