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El riojano logró que su mensaje llegue a los jugadores, tomó decisiones polémicas y armó un equipo con su marca. Emocionó a todos con su llanto durante el partido contra Quilmes.

Gran parte de este campeonato número 35 de River fue conseguido gracias a la mano de Ramón Díaz en el equipo y a lo mucho que tuvo que luchar para formar a los 11 que él creía que eran los mejores.

Conmovió a todos el riojano, habituado a las respuestas picantes y a las sonrisas pícaras, cuando a los 25 minutos del segundo tiempo, tras abrazarse con su hijo Emiliano, no pudiera contener las lágrimas en pleno segundo tiempo ante Quilmes.

El Pelado logró consolidar a un arquero como Marcelo Barovero y mantener en alto nivel a su suplente Leandro Chichizola, tal y como lo hacía en aquel River de los '90 con Burgos y Bonano, por ejemplo. Gran parte de esa seguridad de los arqueros se debe a la solidez defensiva. Ramón consiguió con Jonathan Maidana y Éder Álvarez Balanta una dupla de centrales férrea, que fue un muro por lo bajo y que mejoró muchísimo en los centros cruzados, que el torneo pasado los habían tenido a mal traer. Los laterales, con Leonel Vangioni y Gabriel Marcado, estuvieron bien cubiertos en el fondo, pero además fueron decisivos a la hora de atacar, llevando sorpresa y mucho desborde. Para colmo, un suplente habitual de esta defensa, Ramiro Funes Mori, también encontró un nivel superlativo.

Pero si hay un sector de la cancha donde más se notó la mano del técnico fue en el mediocampo. Para empezar, luego de la cuarta fecha, tuvo que tomar una decisión difícil y no le tembló el pulso: decidió la salida de Leonardo Ponzio, al que vio en bajo nivel, y metió a Cristian Ledesma, quien se transformó en un jugador vital para el funcionamiento. Por si fuera poco, Ramón apostó por Matías Kranevitter para que sea el recambio del Lobo y Ponzio quedó marginado de su consideración.

Otra jugada arriesgada del técnico fue parar la venta de Manuel Lanzini a Dubai que se iba a realizar a cambio de 7.5 millones de dólares. Pero la dirigencia decidió darle el gusto al DT y Manu se convirtió en el encargado de generar juego en tres cuartos de cancha y dar el último pase para los delanteros. Además, bancó a Carlos Carbonero cuando todos querían deshacerse de él: recuperó el nivel que había tenido en Arsenal y fue el mejor del equipo. Uno de los goleadores, el que le dio aire a los delanteros y quien además colaboró mucho con la defensa.

Al finalizar el Torneo Inicial, Teófilo Gutiérrez reclamó la llegada de otro 9 para que lo acompañe en el ataque y mejorar su rendimiento. Ramón le cumplió el capricho, llegó Fernando Cavenaghi y Teo cumplió con su promesa. Fue determinante para pivotear y asociarse con Lanzini. Cave y el colombiano hicieron una dupla letal, con mucha movilidad y entre ambos se repartieron los goles del equipo. Por detrás de ellos estaba otro jugador del riñón del DT: Daniel Villalva. Volvió tras seis meses en Argentinos Juniors y Díaz lo vio más maduro, le pidió que se quede a pelearla, el Keko aceptó y siempre que le tocó entrar fue determinante.

De esta manera, Ramón Díaz logró armar un equipo que fue sólido en defensa, crativo para armar las jugadas y letal a la hora de atacar. Por todo esto River fue campeón gracias a la mano del riojano.

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