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Boca sigue sin encontrar el rumbo y depende únicamente de lo que genere Riquelme. Un equipo previsible, lento y sin variantes ni plan B. Este es el Xeneize de hoy.

Carlos Bianchi asumió en enero esperanzando a todos los hinchas de Boca que añoraban la vuelta a las épocas más doradas del club, a aquellos equipos invencibles de principios de la década pasada que hacían pata ancha en todo el continente y hasta en el mundo, poniendo de rodillas a gigantes como el Milan y el Real Madrid. Eso esperaba el hincha de Boca. Eso soñaba.

Ocho meses después, el nuevo Boca de Bianchi mendiga alguna genialidad de Riquelme para poder crear una situación de gol. El máximo ídolo de la historia xeneize carga hoy con una mochila que le es imposible llevar. Y no sólo por una merma en su estado físico, lógica por su edad, sino porque ni desde los compañeros, ni desde el banco de suplentes, parece caerse una idea, una variante, para cuando el Diez no está de diez.

El partido ante Newell's fue una clara muestra: en el primer tiempo, el conjunto dirigido por Alfredo Berti le dio muchas libertades a Riquelme, que las aprovechó generando jugadas de gol, como en el tanto de Blandi, o con tiros del mismo Román desde afuera del área. Cuando la Lepra apretó las marcas y Mateo y Bernardi pudieron frenar al enganche xeneize, Boca se quedó sin juego.

El debut con Belgrano fue una muestra, una puntita del iceberg que asomó en mayor dimensión frente a Newell's. Boca es un equipo lento. Boca es un equipo previsible. Boca depende de Riquelme y no tiene variantes, ni rebeldía. Boca no tiene plan B. El bajo nivel de sus jugadores es, por supuesto, una causa. Pero no la única.

Pablo Ledesma parece haber perdido todo ese ímpetu y esa llegada al área que siempre lo caracterizó. Hoy es una sombra del que supo ser, y Boca lo sufre. El cordobés no pesa ni en defensa ni en ataque. Román no puede descansar en él y Marín, quien juega en una posición que no es la de él, sufre por no contar con un volante que lo ayude a cubrir ese sector.

Si hay un jugador que, por características de juego y por su calidad, debería ser un gran socio de Riquelme, ese es Juan Sánchez Miño. Pero lo cierto es que el zurdo no está en un buen nivel y no sólo no es una rueda de auxilio para el 10, sino que a veces hasta chocan entre ellos. Cuando Riquelme se abre sobre la izquierda, el lugar que eligió durante toda su carrera para arrancar las jugadas, Sánchez Miño no se cierra como Cagna o Basualdo ni pasa al ataque como una tromba como Jesús Dátolo. Para el juego de Román, el volante izquierdo es clave.

De parte de los delanteros, poco se puede decir de Nicolás Blandi, que está para terminar las jugadas, tanto como estaba Palermo en su momento. El que está fallando arriba es Juan Manuel Martínez. El Burrito no desequilibra en el uno a uno ni se asocia al juego con sus compañeros. Más allá de la habilitación para Blandi en el primer gol ante Newell's, lo del exdelantero de Vélez es flojo desde el semestre pasado.

Pero no todo es culpa de los jugadores. Bianchi, en tanto, no parece convencido de cambiar el esquema o los nombres. La idea, por lo que se puede apreciar desde afuera, es que Riquelme sea el eje de todo el juego de Boca. Pero esa idea necesita de muchas otras microideas, de pequeñas sociedades que hacen de los equipos, buenos equipos. Hoy, en este Boca, no hay dos jugadores que se conecten bien entre ellos. Incluso teniendo a uno de los mejores pasadores de pelota de la historia como lo es Juan Román Riquelme.

Si los jugadores no funcionan o no se entienden entre sí, el volantazo tiene que venir desde el banco. Frente a Newell's, en el segundo tiempo, se veía que Boca no podía entrarle a la defensa del conjunto rosarino, pero Bianchi recién metió la primera variante a 15 minutos del final. Quizás un poco tarde.

El Virrey deberá trabajar en las variantes en ataque para un equipo que, cuando le marcan al conductor, se queda sin ninguna idea de juego y, encima, sufre en su propio arco por la muy mala gestión defensiva, en conjunto e individual, algo curioso en un equipo dirigido por Bianchi.

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