El desencanto de Independiente

El Rojo cambió de entrenador, pero no de problemas. La derrota ante Atlético de Rafaela complica aún más su situación.

La calculadora es el espejo de este Independiente. Así lo fue en lo que va del Torneo Final, a pesar del pudor de algunos hinchas y de un pasado que, ya lo demostró River, es nada más que eso: vitrinas y simbolismo. Los números, indiferentes a la justicia del resultado, proyectan la perspectiva. Y en ese reflejo, acaso postergado o minimizado a principios de campeonato, se explica el desencanto del Rojo.

El fin de semana para el olvido, la derrota ante Atlético de Rafaela, el triunfo de Quilmes frente a Estudiantes, complicó aún más el panorama. Si Quilmes saca 13 puntos de los últimos 27 que quedan en juego, Independiente no podrá alcanzarlo ni siquiera ganando esos nueve partidos. Misma situación si Atlético de Rafaela consigue diez unidades.

Justamente las matemáticas, con sus injusticias, parecen ser la única esperanza de este Independiente. Ayer, ni el estreno de Miguel Angel Brindisi ni las variantes propuestas por el nuevo DT pudieron mejorarle la cara a este equipo. Inocente en defensa, pálido en ataque, el Rojo repitió esa versión afiebrada que lo hundió en el fondo de la tabla de los promedios. El problema, por lo visto, no se resuelve por el cambio de nombres. Brindisi apostó a que sí, desempolvó a varios futbolistas de experiencia – caso Ernesto Farías y Roberto Battión- pero obtuvo el mismo resultado que su antecesor, Américo Gallego.

Lo dijo su capitán, Daniel Montenegro: “El rival somos nosotros mismos’’. Las palabras del Rolfi pueden leerse desde lo colectivo y lo individual. En él se refleja la suerte de su equipo. El ex Huracán fue (¿todavía lo es?) el abanderado de las promesas de salvación que iluminaron a principios de año. Pero se contagió del resto (¿o contagió al resto?) y nunca aportó ese combustible necesario para el despegue. Sus tributos esenciales, generar juego y convertir goles – porque si hay algo que distingue a Montenegro es su buen promedio goleador- hasta aquí fueron puramente deseo.

La esperanza de que esto cambie, de que los propios delanteros reviertan su crisis goleadora, de que los rivales se contagien de esos males que hasta ahora parecen ser exclusivos de Independiente, no encuentra correlato en la realidad. Pero es la única aspiración, que Quilmes tropiece, que Argentinos - revitalizado desde la llegada de Caruso Lombardi- emprenda una caída sin fondo. Si bien es cierto que merece más de lo que tiene, que ante Godoy Cruz y Boca, por citar algunos ejemplos, pudo haber ganado tranquilamente pero no lo consiguió, también sus competidores directos fueron víctimas de la mala suerte. O de errores arbitrales que los perjudicaron.

La derrota ante Rafaela no duele tanto por las formas sino por el contexto. Se sabe, los cambios de entrenadores suelen ser un analgésico cuando los resultados no aparecen. El presidente Javier Cantero improvisó con este remedio pero el virus no da muestras de retroceso. A la farmacia del Rojo ya casi no le quedan medicamentos: se entregó a la mano salvadora de Gallego, probó con los juveniles, llenó de años al equipo, le ganó el clásico a Racing – en la tercera fecha, última victoria en el Torneo Final-, pero nunca logró sobreponerse.

Conviene prescindir de eufemismos. Ni infierno, ni números en rojo ni cuestiones de diabluras: Independiente se está yendo a la B y todavía no encuentra la llave que le abra la puerta del escape. Independiente es desencanto. Es su desencanto.

 LO QUE LE QUEDA POR JUGAR: Argentinos, Tigre, Lanús, San Martín de San Juan, Belgrano, Estudiantes, River San Lorenzo, Colón.