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Cuando Trezeguet volvió a ser David

Cuando Trezeguet volvió a ser David

David Trezeguet

Exageradamente criticado en los últimos meses, el delantero Millonario jugó un buen partido en el clásico frente a Boca.

Mientras Hernán Crespo y Javier Saviola decidían seguir con sus carreras fuera del país para aumentar sus ya acaudaladas cuentas bancarias, él decidió volver. Sentía que tenía un compromiso con una camiseta con la que jamás había tenido un vínculo, más allá de su condición de hincha. En el peor momento de la historia resignó petrodólares árabes, euros europeos y dólares estadounidenses para aportar a la causa más compleja de la historia de River Plate. El regreso a primera era obligatorio y él sostuvo la ilusión con sus goles y sus destacadas actuaciones, cargándose sobre sus hombros a un equipo que sufrió un abrupto bajón en varias de sus grandes figuras.

Consumado el ascenso, llegó el turno de demostrar en Primera División. Los seis meses desde el regreso de River a la categoría que jamás debió haber abandonado no fueron ideales para el franco-argentino. Las lesiones le impidieron recuperar su nivel. Las urgencias del volver a ser, del recuperar esa identidad perdida en los últimos años, despertaron las críticas hacia David. Del cálido David, de la idolatría construida con goles fundamentales, a un frío Trezeguet, a una bandera con el lema Assez de traitres ("Basta de traidores") que apuntaba directamente a él. Pese a todo, eligió quedarse.

Ramón Díaz modificó radicalmente la mentalidad perdedora y restituyó el protagonismo de antaño. Después de un verano egoista que jamás entrega certezas futbolísticas, River es uno de los pocos que puede sacar una conclusión definitiva: el riojano llegó para ponerle fin a la década infame, a esa que supo humillar a la gloriosa historia rojiblanca. No se trata de títulos, sino de un convencimiento y una ilusión que acuñan las almas de jugadores e hinchas. Con la base del plantel que caminaba la cancha bajo las órdenes de Matías Almeyda, Díaz revivió la ilusión.

En ese contexto, Trezeguet volvió a ser David. Si bien no brilló como en sus mejores tiempos, fue determinante en el resultado. Calidad, precisión e inteligencia para clarificar el ataque ante la ausencia espiritual de Lanzini, oportunista para capturar el rebote tras la atajada de Orion y ganar el clásico. A un abismo del jugador que supo ser, con todas las debilidades propias de la edad, si las lesiones lo abandonan será fundamental en un River que, con Rodrigo Mora como acompañante, disfrutará de una dupla envidiable, que no depende exclusivamente de un gran funcionamiento colectivo para torcer el destino de un encuentro. El gol, más allá del gol, resulta una esperanza para recuperar a un jugador diferencial y desequilibrante para el fútbol argentino. 

Trezeguet aprovechó las falencias de un Boca que volvió a sufrir el segundo tiempo, producto de una pretemporada durísima por la triple competencia que deberá afrontar durante el próximo semestre. Aún pese a ese contexto, la importancia de Walter Erviti en el elenco azul y oro no debería ser pasada por alto. Sin ser concluyente porque los partidos estivales no son decisivos, la principal preocupación de Carlos Bianchi será solucionar los groseros fallos defensivos, el punto débil de un equipo que sufre horrores por los flancos. Sino, no solo Trezeguet tendrá la oportunidad de reivindicarse con las bondades de una última línea que es una invitación constante al pecado.

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