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La barbarie no es exclusiva de la locura santafesina. Incidentes obligaron a suspender el clásico de Mendoza.

Matías Baldo
Redactor - Desde Mendoza
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La escena se repite aquí y allá, en Rosario y en Mendoza. El odio como bandera, la vejación del rival como único fin. Un grupo de imbéciles, sin distinción de camisetas, acaban de arruinar la fiesta de miles dispuestos a celebrar. El Centenario de Independiente Rivadavia de Mendoza era la excusa para reeditar el clásico frente a su acérrimo rival, Gimnasia y Esgrima. "Se ha cancelado el clásico porque los jugadores de Gimnasia han decidido no presentarse", anuncia la desolada voz del estadio del Bautista Gargantini, mientras una silbatina generalizada baja de las tribunas y silencia a un granítico "el que no salta abandonó" del sector de la barra.

Carlos Aranda, ministro de seguridad de Mendoza, camina de acá para allá con el handy bien pegado a su oreja empapado de los insultos que llueven desde la platea. Era todo tan previsible que se respiraba en el aire. Una fiesta leprosa, un partenaire hundido dos categorías por debajo (Independiente habita la B Nacional, Gimnasia el Argentino B). Una sociedad que se regocija de la desgracia ajena, una hinchada visitante cuyo objetivo era evidente. "Nos vinieron a arruinar la fiesta", se indignaban los descorazonados plateistas. La enfurecida horda Mensana y la ineptitud policíaca confluyeron en un combo explosivo.

Ni siquiera el entretenido duelo entre las glorias de antaño pudo llegar a su fin. Balas de goma, gases lacrimógenos, una postal habitual que no por repetida deja de ser espeluznante. Corridas de un lado y del otro. Primero los de Gimnasia, después las huestes de Independiente que abandonan el paravalancha para contraatacar. Responde la policía, en medio del caos, con su artilleria más pesada. Lo sufren mujeres y niños, en una noche familiar que los estúpidos de siempre arruinaron. Respirar es casi una quimera, la asfixia parece inminente, lloran los ojos y arde la garganta. Un inesperado y deleznable menú.

Con una ficticia calma dominando el escenario, con los disparos fuera del estadio como única banda sonora, Daniel Vila, presidente de Independiente, le entrega una plaqueta a Fernando Porretta, máximo dirigente de Gimnasia. The show must go on, pero la sensatez del plantel blanquinegro toma una decisión: no salen a jugar el clásico. Partido entre titulares y suplentes para entretener a los veinte mil hinchas que habían colmado el Gargantini, una amarga práctica a puertas abiertas, un 2-0 de los titulares sobre los suplentes en un partido que no le importó absolutamente a nadie. La lúgubre crónica de una funesta noche.

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