thumbnail Hola,

A cuatro días del partido del martes ante Paraguay, en el entrenamiento de la Selección Argentina se percibió la unión del grupo y la felicidad por el momento del equipo.

Cuando las puertas del predio de Ezeiza se abrieron, periodistas y fotógrafos enfilaron directo a la cancha donde estaban los jugadores. A diferencia de otras oportunidades, no estaban elongando ni realizando ejercicios distentidos, sino que, con mucha intensidad, los volantes ofensivos y delanteros practicaban definición y los defensores despejaban los centros que enviaba Ángel Di María.

Mientras los fotógrafos se apostaban a un costado, se escuchaban los gritos de los integrantes del cuerpo técnico que colaboraban con los ejericios: "¡Golaaazo! ¡Bien Leo! ¡Golaaazo!". Uno tras otro, primero Messi, luego Agüero, después Lavezzi y los restantes, iban a buscar el pase a la puerta del área y definían ante Orión, Romero o Andújar, según tocara.

Lo relatado anteriormente es un escenario normal en cualquier entrenamiento de un equipo de fútbol, pero la Selección Argentina no suele pasar por estos momentos de alegría y motivación, ya que desde 1993 que no gana un título y en varios ciclos anteriores nunca se llegó a un nivel de aprobación como sucede desde que se consolidó Alejandro Sabella al frente del equipo. Los jugadores entrenan contentos, se nota que no hay conflictos ocultos en el vestuario y el entrenador no se cuida y si tiene que reprocharle algo a algún protagonista, lo hace con ímpetu pero también con una pizca de simpatía.

Es cierto, al analizar los buenos momentos de un grupo, no se pueden dejar de lado los resultados, que son el termómetro que marca la temperatura de un plantel. La Copa del Mundo será la prueba final, el indicador de que tanta química sirvió para algo o un nuevo ítem en la lista de frustraciones de la Selección. Porque el Mundial es así, bipolar, o se llega a la gloria o se fracasa estrepitosamente.

Por el momento, un clima tropical rodea a la Selección Argentina y el objetivo principal está cerca. Y si bien el Mundial dura sólo un mes -y puede durar apenas 15 días- en Ezeiza se respira alegría.

Artículos relacionados