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Después de años de acefalía, Alejandro Sabella revivió la estirpe de antaño de una Selección Argentina que se ilusiona con otro "Maracanazo".

La decepcionante eliminación por penales frente a Alemania en la Copa del Mundo celebrada en el país teutón simbolizó el fin de una era. Las manos del retirado Jens Lehman desataron el ciclo de la incoherencia en la Selección Argentina. Julio Humberto Grondona, con connivencia de la plana mayor de la Asociación del Fútbol Argentino, eligió primero a Alfio Basile, luego a Diego Maradona y finalmente a Sergio Batista. Tres técnicos en cinco años ante la permanente negativa de Carlos Bianchi, un sinfín de decisiones ilógicas que derivaron en una crisis de identidad alarmante. Después del caos que desató la pronta eliminación en la Copa América celebrada en el país, el adiós a Batista provocó la elección de un nuevo técnico, no sin desprolijidades, como no podía ser de otra manera.

Alejandro Sabella, campeón de América con Estudiantes, estaba a punto de subirse a un lujoso avión privado con destino a alguna de las multimillonarias ciudades del nuevo paraíso que los petrodólares construyeron en territorio árabe. Ante otra negativa de Bianchi, la AFA fue en su busqueda, tal vez uno de los entrenadores que, salvando distancias esenciales, más se asemeja al Virrey.

2012 será recordado como el mejor año de la Selección Argentina durante, al menos, la última década. El celestial rendimiento de Lionel Messi potenció a un equipo todavía en construcción pero que se reencontró con su estirpe. Alejando Sabella, menospreciado por varios sectores de la prensa e incluso por numerosos fanáticos argentinos, fue fundamental en la refundación. La Pulga y la Selección cambiaron silbidos por aplausos, críticas por devoción incontrolable. Los doce goles en ocho partidos del inigualable astro nacional fueron determinantes, pero de a poco el entrenador fue sumando méritos para respaldar el éxito de su gestión.

Pachorra es un pragmático. Analiza hasta el hartazgo cada escenario tangible e incluso los potenciales. De escuela bilardista, no deja nada librado al azar. Perfeccionista, inteligente, no se compromete con ningún estilo en particular, espíritu que para algunos fundamentalistas enceguecidos en una traición a la tan mentada “nuestra” y a la patria. Asumió el control en medio del caos, convirtió a Messi en líder, aseguró su felicidad y construyó un equipo que gira en torno a su estrella porque, por supuesto, no está mal admitir que la Pulga soluciona cualquier debilidad de una estructura que todavía está en plena formación.

Más allá de lo futbolístico, sus mayores virtudes exceden la línea de cal. Su perfil bajo, su humildad, su sencillez y su sensatez. No tuvo, tiene ni tendrá inconvenientes en consultar la fisonomía de su equipo con su diez, ese que encabeza el sueño de un Maracanazo en Brasil. Lejos del estúpido orgullo argentino que posiciona a su selección como la mejor del Mundo, Sabella asume una posición que le permite identificar fortalezas y debilidades y, a partir de sus conclusiones, diseñar la fisonomía de su equipo para cada partido. Por eso jugó con cinco defensores en el combativo clima de Lima, apostó al poderío de los cuatro fantásticos en varios partidos como local y resignó vocación ofensiva en los partidos frente a Brasil a sabiendas que la diferencia entre ambas selecciones locales, en el papel, se asoman importantes.

Aun así, Sabella seguirá siendo tratado como un muñeco que se mueve a las órdenes del ventrílocuo Messi. Detrás de los flashes que encandilan a al crack culé, a Agüero y a tantos otros, desde la más absoluta de las oscuridades, Pachorra trabaja en el mecanismo de un equipo que, después de años de caos, está en plena recuperación de su histórica esencia. Todavía restará ajustar las clavijas en el fondo y aceitar un mediocampo que tiene a Gago como nexo futbolístico. Otro mérito de Sabella, el refundador argentino.

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