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El equipo comandado por Edgardo Bauza se quedó con toda la gloria tras vencer a Nacional de Paraguay. Crónica del día más soñado de su historia.

Los nervios se apoderaron de los once jugadores que corrían para todos lados sin sentido y se chocaban con la pelota como animales sin raciocinio; muñequitos con camiseta azulgrana parados sobre una torta de cumpleaños. Los nervios, esos mismos nervios, también parecían haberse contagiado a la tribuna como se transmite una gripe feroz, y la hinchada, taciturna, parecía explicarle a sus ídolos que, "para ser campeón, hoy hay que ganar".

Sucedieron cosas raras en el Nuevo Gasómetro. Había tantos periodistas acreditados que casi la mitad termina perdido en alguna de las plateas, sin lugar en el palco de prensa. En el segundo piso, de acceso a la platea norte baja, se escuchaban tonadas en inglés, francés y portugués, mientras un grupo de gringos sonreía después de haber ingresado al campo de juego como si de un evento empresarial se tratara. Hasta un cantante de reguetón colombiano se puso a bailar en el centro del campo de juego antes de que empezara el partido. Garantía de chiflido y cánticos para tapar al paisa. 

¿Pero cómo no va a ser raro algo que pasa por primera vez después de 106 años de historia? San Lorenzo estaba a menos de 90 minutos de ganar la tan esquiva Copa Libertadores y el Bajo Flores estaba conmocionado ante un suceso histórico. Y otra vez los nervios hacían que Nacional de Paraguay ya mereciera ponerse en ventaja desde hace un rato. 

Hasta que llegó la santa paz a las tribunas. Como si fuera un anhelo del Papa Francisco, Cauteruccio agarró de volea una pelota perdida y Coronel estiró tanto el brazo que no le dio opciones al árbitro: penal, que naturalmente patearía el infalible Ortigoza, de espíritu Santo. Su acierto desató el festejo, pero todavía faltaba para alzar a la indecisa. 
En el entretiempo siguió el inverosímil show: como si los hinchas de San Lorenzo no tuvieran bastante con la ansiedad de la final, les pidieron que votaran al ganador de un concurso de fútbol freestyle, mientras cuatro muchachitos hacían jueguitos en el campo de juego. 

El segundo tiempo, o los últimos 45 minutos de la Copa -lo mismo da- fueron para los de Bauza la consumación de un sueño impensado. Si en la primera mitad ya habían resistido tantos embates del equipo guaraní con el arco invicto, nada podría cambiar un destino jamás escrito. El Papa, de viaje por Corea, seguía rezando para que Torrico se quedara con un cabezazo ante la impávida mirada de los más de 45 mil hinchas presentes.

Y se terminó el partido. Y con él, 54 años de intentos fallidos, de decepciones, de cargadas de los rivales, del convencimiento de que esa Copa caprichosa nunca iba a estar en las vitrinas del club, porque hasta la sigla del nombre conspiraba en contra. Y la fiesta se mudó del Bajo Flores a Boedo, ahí donde el pueblo azulgrana quiere volver después del éxodo. Tierra Santa donde con bombos y banderas se celebró hasta bien entrada la madrugada el título más esperado.   

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