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El Pipi luchó para ser quien levante la Copa Libertadores antes de irse a Bahía y consagrarse probablemente como el mayor símbolo de la historia del Ciclón. ¿Se irá?

Fue la imagen perfecta para sentarse en el sillón más grande del olimpo de los ídolos. Leandro Atilio Romagnoli se dio el gusto de levantar la Copa Libertadores que San Lorenzo soño por 54 años, desde que se creó en 1960. Él, que peleó con Bahía para jugar cuatro partidos más y con la CONMEBOL para que borren la sanción por la expulsión en Brasil. Él, que será tapa de todos los diarios, la imagen de cada poster. Él, que hoy es San Lorenzo.

El Pipi lo logró. Dentro de un verdadero equipo repleto de piezas importantes, su estrella brilla todo el tiempo. A sus 33 años, lleva la 10 azulgrana pegada en la espalda, como la pelota en su pie derecho. Maneja los hilos, asiste, convierte. Quizás no haya sido el mejor del certamen, pero su influencia rompe con todos los análisis.

Estuvo en la Copa Mercosur del 2001, la Copa Sudamericana del 2002 y esta Libertadores. El Ciclón, que tiene tres títulos internacionales, siempre tuvo al Tatuado en el equipo. Se fue a México, a Portugal y volvió, porque tenía la deuda pendiente. La saldó y nadie más que él merecía que la Copa mire el cielo en sus manos.

San Lorenzo se caracterizó por una historia de grupos por encima de los números. Todos los campeones, más allá de las individualidades, fueron una sumatoria que puso al equipo por sobre las individualidades. Por esa razón, quizás una encuesta no tenga unanimidad ni algo parecido para elegir al máximo ídolo. Hasta que Romagnoli logró ser el símbolo del día soñado por todos los hinchas.

Se fue ovacionado en el minuto 89, recibió el trofeo, fue llevado en andas. Lo espera Bahía. Debería ser su adiós para jugar en Brasil. Pero este cuento de hadas aún no tiene final escrito. El Mundial de Clubes de diciembre en Marruecos le reserva un lugar, un pasaje y la 10, su número 10. Si finalmente no va, habrá hecho demasiado para que el club llegue hasta ahí. Pero su historia y la del Cuervo se merecen ir de la mano una vez más.

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