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El técnico, que erró el penal que privó a los valencianos de la Champions League 2001, debuta como técnico en el torneo ante el equipo que le quitó la gloria.

El caprichoso destino ha querido que Mauricio Pellegrino debute en Champions League como entrenador del Valencia frente al Bayern de Múnich, el equipo que le quitó la gloria de las manos al conjunto español en la final de 2001. El ahora técnico valencianista erró el penal definitivo que dio a los alemanes su cuarta Copa de Europa y eventualmente también la última. Nunca el Valencia estuvo tan cerca del cielo europeo.

Por segunda vez consecutiva, el equipo dirigido por Héctor Cúper llegaba a la final de la Champions. Quizás con menos brillo que en su anterior aventura, en la que cayó ante el Real Madrid por un rotundo 3-0, pero seguro que más hecho como equipo y más resuelto mentalmente para afrontar una final. El Bayern, por su parte, también venía de vivir una experiencia traumática, ya que apenas dos años antes había perdido in-extremis la inolvidable final del Camp Nou frente al Manchester United.

San Siro fue el escenario de un choque más emocional que futbolístico que no pudo comenzar de mejor manera para el Valencia. Un penal transformado por Gaizka Mendieta a los tres minutos de partido empedraba un escenario idílico para el equipo español. Progresivamente, el gol tuvo un efecto paralizador en los ché, que entregaron por completo el balón al Bayern y se replegaron cada vez más cerca de su arco. Un soberbio Cañizares, uno de los protagonistas de la final, aplazó el empate tras detener una pena máxima a Mehmet Scholl. La igualada, ya en la segunda mitad, también llegó desde los once metros gracias al gol de Stefan Effenberg.

A partir de este momento, la cuota de dramatismo no dejó de crecer. Los fantasmas del pasado, unidos al efecto atemorizador que provocaba el extinto gol de oro, hicieron que el partido se convirtiera en un transitar lento pero inexorable hacia la tanda de penales, el destino que en el fondo ambos habían asumido.

Dos arqueros irrepetibles


El eterno guardameta del Bayern de Múnich y de la selección alemana fue el héroe de la final. Fue capaz de detener tres penales (Zahovic, Carboni y Pellegrino), consiguiendo de esta manera el título que se les había escurrido en 1999.

El arquero español paró dos penales (a Scholl durante el partido y a Andersson en la tanda) pero no fue suficiente. Sus lágrimas y su mítica toalla roja simbolizaron el desconsuelo de todo el valencianismo.


Por encima de todos los hombres, los penales significaron la sublimación de dos arqueros monumentales. Dos personalidades enérgicas y ganadoras para las que el destino sólo reservaba a uno reservaba la tierra prometida. Como dos grandes, Oliver Kahn y Santiago Cañizares hicieron crecer sus figuras durante el duelo definitivo. A su manera, ambos propusieron una batalla psicológica a cada uno de sus oponentes. Al alemán le bastaba su rutilante presencia para inflingir temor, mientras que Cañizares sí que fue más explícito en sus argucias.

El arquero alemán detuvo hasta tres, de entre las que destaca sobremanera la parada imposible que realizó a Carboni, cuando ya vencido a su costado izquierdo fue capaz de elevar su mano derecha al centro para desviar un balón que el travesaño se encargó de repeler lo que hubiera significado el 3-2 favorable al Valencia con sólo un penal por bando. “Ahí sinceramente perdimos la final”, contó Cañizares años después.

"Sabía que sería mi última oportunidad"

- Santi Cañizares

Consumido el lote inicial de cinco penas máximas por equipo, la ruleta rusa quiso que el disparo de Pellegrino, en el decimocuarto intento, fuera cazado por Kahn a su derecha dando al Bayern su cuarta Champions League.

El fallo desencadenó algunos de los momentos más dramáticos de la historia del fútbol español, personalizados en la figura de Cañizares y su ya mítica toalla roja, depositaria de sus desconsoladas lágrimas y reflejo de lo que al guardameta español le bullía por dentro. “Sabía que iba a ser mi última oportunidad”, reconoció el arquero español después.

Más de una década después, un nuevo Valencia, en el que sólo sobrevive Albelda, que no jugará en Munich por lesión, sigue buscando la gloria europea. Dicen que el destino le debe una. Pellegrino lo asume también como una suerte de redención personal, habida cuenta de que nadie podrá disasociar su nombre del penal definitivo de San Siro ni refrenar su sentimiento imborrable de vacío interior.

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