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Difícil explicar con palabras lo que se siente con el corazón. Un país detrás de once jugadores, todos juntos persiguiendo el sueño de gritar bien fuerte ¡Campeón! en el Maracaná.

Es muy difícil explicarlo o describirlo, pero es hermoso sentirlo. Quedará grabado como un tatuaje o como una herida. Para siempre. Nada, nunca jamás, será igual. Porque no es cualquier Mundial. No es cualquier país. No es cualquier ciudad. No es cualquier estadio. No es cualquier rival.

La final en el Maracaná ante Brasil hubiera sido lo ideal, pero el segundo mejor escenario posible es éste. Enfrentar a los alemanes, que nos ganaron en el 90', que nos sacaron de los últimos dos mundiales y que acaban de protagonizar uno de los partidos más increíbles de la historia del fútbol, es suficiente como para creer que el juego del domingo será lo más trascendental de nuestras vidas.

Los cariocas lo comprenden. Ellos están todavía sacándose un puñal del pecho y, sin embargo, en general son amables. Les duele que estemos nosotros y ellos no, pero no tanto como lo que hizo Alemania con su equipo. Los derribaron y los pisaron en el suelo, quizás hasta de manera innecesaria. Nosotros invadimos su territorio, les cantamos en sus caras y, por ahora, resisten.

Entiendo que hay cosas más importantes que el fútbol, pero no soy capaz de admitirlas. Respeto y admiro a quienes luchan día a día por un mundo mejor, pero a mí, en este momento, no me sale nada más que llorar, sufrir, reír y depender de un grupo de jugadores que ya nos regalaron algo mágico.

El pueblo necesitaba esto para olvidarse de las malas, al menos por unas semanas. Recobran valor las palabras de Diego Maradona, que se cansó de repetir que jugaba para darle una alegría a los hinchas. Nada más ni nada menos que eso. Un país es feliz gracias a Leo, a Angelito, a Masche, a Chiquito. Qué sé yo si todos lo entienden. Ojalá los 40 millones puedan disfrutarlo. Están a tiempo.

A tan poco del final y con ya más de 40 días en Río, no soy capaz de pensar en la estrategia ni en la táctica. No tengo espacio en el pecho para tanta emoción. La agonía eriza la piel, contractura los músculos, hace temblar al corazón, que por momentos deja de latir y revive con un penal atajado por Chiquito o una barrida heroica de Mascherano.

Un corazón que tiene permitido dejar de funcionar si Leo convierte el gol del triunfo. Avísenle a los médicos que reanimen a otro. Que no se gasten. Que si Messi gana el Mundial –con la tan esperada ayuda de sus compañeros-, estará bien morir porque ya no habrá nada más por qué soñar.

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