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Hace 10 años, Ronaldinho llegaba a Barcelona en un mal momento del club. Su estilo y sus gambetas marcarían para siempre la historia del club catalán.

Barcelona siempre se caracterizó por ser un club ordenado, en el que la disciplina representó históricamente uno de los pilares sobre los cuales se edificó la institución. No obstante, hay situaciones en las que una estructura funcional no alcanza para llegar a la cima y es menester dar un golpe al timón para buscar una solución en otra dirección.

Eso fue lo que hizo Joan Laporta y toda su dirigencia con la contratación de un jugador que venía de ser campeón del Mundo a los 22 años con la selección brasileña. En Madrid, el brillo del vestuario encandilaba y la llegada de David Beckham le había dado el toque final que faltaba para convertir a ese plantel en una constelación de estrellas. Mientras tanto, a Barcelona llegaba Ronaldinho, que lejos de los trajes de alta costura, traía consigo un bagaje de malabares y sonrisas de los que jamás había sido testigo el Camp Nou.

Algunos pensaron que aquel brasileño de la mueca imborrable en Barcelona era desubicado como un payaso en un velorio, pero precisamente al plantel Blaugrana le faltaba una gran dosis de un condimento del que Dinho proveedor: alegría. La apuesta era fuerte: 42 millones de dólares desembolsó la directiva, pero durante su estadía allí, el malabarista de Porto Alegre maravillaría tanto como las obras de Gaudí.

Firuletes, apiladas memorables, sombreritos humillantes, pases sin mirar a lo Magic Johnson y una camiseta con el número 10 que se multiplicaba todas las semanas en las tribunas del Camp Nou. El cariño que sembró Ronaldo de Assis Moreira con su magia fue inversamente proporcional al que lamentablemente no pudo recibir de su padre, a quien un trágico accidente doméstico lo privó de ver brillar a su hijo cuando éste tenía apenas ocho años.

Generalmente, los malabares suelen carecer de productividad, pero este no fue el caso de Ronaldinho, que nunca traicionó su filosofía, ni siquiera en la final de Champions League que terminó ganando en aquella inolvidable batalla ante Arsenal. Es posible que la temporada 2005/06 haya sido el punto máximo en la carrera del astro brasileño, que así como es fiel a su estilo dentro de la cancha, tampoco quiso cambiar su forma de ser fuera de ella.

Después de cinco temporadas en el club, su salida no fue la mejor e incluso algunos ingratos tuvieron el tupé de abuchearlo por su bajo nivel. Esos mismos, que otrora salían extasiados del Camp Nou tras las funciones del 10, no lo despidieron como él lo merecía. Sin embargo, su llegada no puede quedar en el olvido, porque desde el día en que esa sonrisa inundó la sala de prensa, la historia de Barcelona cambió para siempre.

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