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Hace 70 años se inauguraba el estadio de Vélez. Hoy, en ese mismo lugar se encuentra una de las canchas más lindas de Argentina, que fue escenario de partidos inolvidables.

Dentro de la cancha, el optimismo es fundamental. De lo contrario, sería imposible revertir un resultado. También para la vida vale este criterio, ya que en situaciones adversas la mentalidad positiva actúa como motor para salir a flote.

En Liniers, donde antes había un pantano, hoy se erige un estadio cuyas vitrinas desbordan de copas. Muchos habrán pensado que Don José Amalfitani no estaba en su sano juicio cuando le pidió a Ferrocarriles del Oeste la sesión de un terreno que hasta ese entonces permanecía intransitable por la presencia del Arroyo Maldonado. Con esfuerzo y dedicación, la gente de Vélez puso en condiciones la superficie y colocó las clásicas tribunas de tablones alrededor del campo de juego.

Hace exactamente 70 años, Juan José Ferraro y Ángel Fernández ponían en ventaja al equipo de Liniers en el amistoso ante River, que tuvo un festejo digno para la ocasión. No fue total la alegría esa tarde porque aparecería Adolfo Pedernera para decretar el empate con un doblete, pero ese día, el partido era anecdótico. La multitud no había ido por el partido en sí, sino para manifestar su algarabía por la nueva casa, sin saber que varios años más tarde albergaría partidos inolvidables de Copa Libertadores.

Cuatro años más tarde la inquebrantable madera fue reemplazada por el moderno cemento y recién llegando al año 1970 una Asamblea de Socios tomó la justa decisión de bautizar al teatro de Liniers con el nombre de su mentor: José Amalfitani.

En el fútbol argentino, por ser ordenado y hacer poco barullo, se es víctima de burlas; lo contrario a lo que realmente debería suceder. Acusado de tener pocos hinchas y no estar dentro del ya inexistente círculo de “equipos grandes”, Vélez siempre fue, siempre con perfil bajo, edificando una figura histórica en la materia que más importa: el fútbol. Todavía no se han inventado torneos de hinchadas ni se le otorgan premios a los equipos que mayor cantidad de fanáticos tienen, pero es entendible que al Fortín lo quieran vulnerar con chicanas porque esas mismas bocas se cierran cuando se les recuerda alguna de las pequeñas proezas logradas durante la década del ’90, sobre todo cuando Carlos Bianchi comandaba ese glorioso plantel que viajó a Japón para arrebatarle a Milan un trofeo que los italianos creían ya ganado.

No es casualidad y sí causalidad que el coqueto estadio ubicado en la calle Juan B. Justo y Álvarez Jonte no tenga capacidad para 80 mil espectadores. A lo que es realmente bueno, no accede cualquiera y por eso quienes acuden al José Amalfitani no tienen que sentirse inferiores, sino superiores: son unos de los pocos privilegiados que aún pueden ver un equipo que de verdad juega al fútbol.

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