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Diego Armando Maradona cumple hoy 53 años y este es un pequeño homenaje al hombre que hizo el gol más lindo de la historia de los Mundiales.

  Luciano Román Garzo
  Redactor
  Goal.com Argentina
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Hoy es su cumpleaños y también el mío. Yo soy una parte de él, aunque tuve que vivir 53 años a la sombra de mi compañera. Sí, cincuenta y tres años. Varias veces me dijeron: “¿De qué te quejás, si estuviste en la cima del mundo?”, a lo que yo respondí con una simple mueca de incomprensión que resume cualquier tipo de frase.

Le hicieron poemas, canciones ¡y hasta tiene una religión con Padre Nuestro y todo! Pero... ¿ustedes creen, mis amigos, que alguien se acordó de mí en todos esos versos? Bueno, no. Ignorada totalmente, durante toda su carrera y, creo yo, por el resto de la eternidad.

No quiero ser desagradecida, pero él también es culpable. ¿Tanto le costaba que yo toque al menos una vez la pelota en esa corrida memorable? Diez veces acarició la caprichosa en esa jugada, nunca conmigo. Más de cincuenta metros corrió con el cuero completamente dominado y yo ahí participando pero de forma inactiva, haciendo el trabajo sucio. En pocas palabras, una espectadora de lujo.

Tanta mala suerte tengo que, minutos antes, en otra de sus conquistas históricas, aunque esta fue cuanto menos discutible, fui determinante y nunca nadie destacó mi participación. Todos vieron con qué mano le pegó a la pelota y la enaltecieron hasta adjudicarle poderes divinos. Ahora bien, si hay alguien que se acuerde gracias a quién él llegó hasta esa altura y le ganó al pobre Shilton, por favor que venga y me lo diga porque sería una caricia para mi alma, un reconocimiento dentro de tanta ingratitud.

Lastimosamente, hasta los rivales me pasaban por alto a la hora del guadañazo. Claro, yo era la menos fina, la que acompañaba. De mí nadie esperaba nada, por eso recibí la mitad de los golpes y -estoy segura- que las que me dieron a mí iban para la otra.

Igualmente tuve que pagar los platos rotos por culpa del vasco ese que no quiero ni nombrar. Porque aunque yo salí intacta, me partía el alma verlo mal a él. Y ahora voy a cometer un acto de egocentrismo puro, pero creo que durante el tiempo que tuvo literalmente una pelota en el pie, yo fui un pilar fundamental.

Pensar en el pasado, en sus tiempos -mis tiempos- adentro de la cancha me provoca una sensación extraña, una mezcla de bronca y satisfacción, un cóctel de nostalgia con una medida de alegría. No quiero pecar de aburrida y mucho menos de resentida, pero él era tan hábil, tan mágico, y siempre todo para ella, hasta los pases cortos, esos que por más que uno los haga sin ganas llegan a destino igual. Ni ahí me daba el privilegio de entrar en escena, aunque fuera por un instante.

Era tan distinto al resto, que hasta en la jugada obvia hacía algo inusual; cualquiera que llega al fondo con un rival marcándolo tira el centro como pueda ni bien encuentra un hueco, porque sabe que si la pelota no pasa, al menos gana un córner. Pero este no. Este se frenaba, le daba un respiro mínimo al defensor desbocado y después tic, tic, centro de rabona. Impensado, artístico. Simplemente magnífico.

Igualmente, además de tanta queja debo admitir que extraño esa época. Se me puede acusar de bipolar porque en la misma confesión alterno una adoración extrema hacia él y un sentimiento de envidia, pero es así y no lo puedo evitar.

Ya pasaron 16 años desde que me sentí importante por última vez, porque yo, a pesar del poco reconocimiento, tengo el ego bien alto y no es para menos, si soy la pierna derecha de Diego Armando Maradona.