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El presidente de Boca eligió su poder dentro de la Comisión Directiva por sobre los hinchas, una vez más. Una medida netamente política para el club y su futuro.

Daniel Angelici amaneció este jueves parado ante dos caminos. No es algo nuevo para él, que ya tuvo que hacerlo hace algo más de un mes, en condiciones similares aunque con otro ídolo viviente del club. Y repitió. Se autoplagió. De un lado, los hinchas. Del otro, sus pares de Comisión Directiva y su padrino político. Eligió el segundo. Jugó para sí mismo.

El presidente de Boca arriesga. Arriesgó al ponerle fin a la novela de Juan Román Riquelme. Como la cara visible de un poder que se maneja en las sombras, decidió no renovar. Y vuelve a hacerlo con Carlos Bianchi. Amparado por los resultados, a espaldas de los hinchas que el domingo irían a La Bombonera a marcar nuevamente a quién eligen. No le permitió al Virrey entrar por última vez al campo de juego, ese que tiene las marcas de infinitas vueltas olímpicas. Prefiere que no haya punto de referencia.

La discusión sobre el ciclo de Bianchi pasa por otro lado. Porque era un ciclo terminado. Un equipo que deambula por las canchas, que tiene tres puntos por un milagro inexplicable. Que sufrió en tres días un cachetazo de frente y otro de revés. Que dejó de mostrar signos vitales, de posibilidades de recuperación. Lo sabían desde el campeonato pasado, pero lo retuvieron, se aproximaron a lo que pedía, lo expusieron, lo dejaron caminar solo hacia el abismo. Sin embargo no se trata de lo futbolístico. Hoy fue un hecho político.

Angelici quedó al frente del proyecto iniciado por Mauricio Macri a fines de los 90. El de transformar al club popular en algo elitista. En una empresa, una marca registrada. Para ello necesitaba títulos y los obtuvo, con Bianchi y Riquelme. Como ya no los garantizan, fueron descartados.

Eran los símbolos del otro Boca, del feliz. De la pantalla para trabajar en la oscuridad, para mudar La Bombonera, para que el turista tenga más beneficios que el socio, para que la camiseta sea cualquier cosa con el escudo y que el europeo o asiático que recorra Caminito se la lleve como un objeto preciado, como si el rosa fuera parte de la historia. El Virrey y Román ya no están para festejar, pero tampoco para convocar al hincha puro.

Angelici no puede ser el mandatario de un club golpeado en la cancha. Necesita que resurja para completar sus planes en la AFA y los de Mauricio Macri en la política. Y ante el primer gesto de debilidad, hay una larga fila de posibles dirigentes, siempre con los cubiertos en la mano y la servilleta en el cuello, mostrando sus colmillos. Necesitaba golpear la mesa para mostrar fortaleza. Quizás la memoria le juegue una mala pasada y no recuerde ese gesto de Fernando De La Rúa.

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