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Muecas. Gestos. Pausas. Román dice cuando dice y dice cuando no dice. Dice cuando mira y dice cuando no mira. Actitudes, nunca asépticas, de un tiempista del fútbol y la palabra.

Riquelme es un subtítulo andante. Muecas. Gestos. Pausas. Se puede hacer una tesis con el lenguaje corporal de Román. Maneja los tiempos de la palabra casi tan bien como los del fútbol. Maneja el silencio. Sabe cuándo frenar porque se viene el aplauso. Dice con lo que dice y dice con lo que no dice. Dice cuando mira y dice cuando no mira. 

Dice cuando no dice nada y levanta las cejas al enterarse por un periodista que Boca había metido un gol en el amistoso contra Nacional, en Uruguay.

Dice cuando dice que no dirá nada de Bianchi y, que, "a partir de hoy, el mejor entrenador de la Argentina está acá al lado mío" (por Borghi). 

Dice cuando dice que "si hoy tengo para comer es gracias a Argentinos, que de chiquito me enseñó". 

Dice poniéndose la camiseta cuando podía no hacerlo y simplemente mostrarla. También, dice y vuelve a decir, sacándosela al retirarse de la conferencia.

Irse de Boca -el patio de su casa, el club del cual es hincha, donde tan querido se siente porque él siempre fue y será bostero, etc., etc., etc.- para jugar en la B Nacional y ganar considerablemente menos dinero, también es decir. 

Con sus actos, nunca asépticos, Riquelme dice. Le dice a Angelici y al hincha de Boca que, si no renovó, fue por culpa del presidente y su destrato, no por plata. 

Y así como mira todos los partidos porque debe conocer a sus rivales, también conoce cómo jugar políticamente. Renunciar a Boca para ir a jugar a la B un año y medio es, antes que un deseo, una decisión para dejar expuesto a Angelici, cuyo gobierno subsistirá únicamente si Bianchi y los resultados lo ayudan. 

Así es Riquelme. En Boca. En Argentinos. En la Selección. Riquelme no es Riquelme sin sus metamensajes. 
 

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