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El mejor jugador del mundo no es lo suficientemente bueno ante los ojos de miles de argentinos, que lo castigan sin piedad y sentencian una carrera que aún está lejos de concluir.

Sebastián García
Director Editorial
Goal.com Latinoamérica
@SebaGarciaGoal  

Ese espécimen único e irrepetible de la raza humana, que vio la luz del sol por primera vez en Villa Fiorito y que gambeteó hasta a esa sombra de forma arácnida que se proyectaba sobre el césped del Estadio Azteca hace 28 años, era ante todo un ser libre.

“Yo me equivoqué y pagué”, dijo Diego Maradona al final de su carrera. Y se lamentó, con muchísima lucidez, porque de no haber sido por esa maldita adicción, hubiera sido mucho más jugador del que fue. Aunque cueste creer que eso era posible.

Diego fue, muchas veces, su peor enemigo. Más que Havelange, más que Gentile, más que Reyna, más que Grondona, más que Pelé.

Pero entre tantas cosas que comparamos de Maradona con Lionel Messi, hay un aspecto que jamás se puso sobre la mesa. Jamás se contempló.

Porque Messi tiene menos enemigos. Muchos menos. Apenas algún que otro rival de peso, que raras veces logran hacerle sombra.

Pero Lionel, en la Selección, nunca fue libre.

Lionel nunca tuvo la libertad de la cual sí gozó Diego Armando. Diego, en el Azteca y en todas las canchas mexicanas de aquel mágico Mundial, pisaba terreno virgen. Nadie le pedía que fuera Stábile. No le exigían ser Kempes. No le reclamaban que le devolviera "a la patria", aquellas viejas glorias del pasado. Diego era libre. Se lo notaba libre. Le gustaba serlo.

Sería un absurdo inferir que desde estas líneas se minimiza o ningunea de alguna manera lo logrado por Maradona en el 86. Continúa siendo una gesta maravillosa. Aún me transporta a mis dulces 9 años de edad y me vuelve a regalar, cada vez que cierro los ojos y lo pienso, los abrazos, las lágrimas y los festejos de toda mi familia. Sigue siendo el único título del mundo del cual tengo vivísimos y patentes recuerdos.

Pero a Lionel muchos le piden ser Diego. Desde que tenía 18 años. A Lionel ya lo crucificaron en tres mundiales diferentes. No alcanza nada de lo que haga, si al final no sube esa escalinata y levanta la copa que el domingo levantó Lahm. Como si fuera algo fácil. O algo que él se negara a intentar o a alcanzar. No importan los matices. No existen los justificativos. No hay atenuantes.

“Se borra”. “Camina la cancha”. “NUNCA VA A SER COMO MARADONA”. Son los trending topics a los que muchos argentinos se suman como si con eso lograran algo. ¿Una mayor conexión con Diego? ¿Una satisfacción por poder decirle al de al lado ese tan nefasto 'yo te dije', mientras se golpean el pecho?

Es la misma gente que a sus propios hijos, si decidieran dedicarse a ser escritores, no les exigirían ser Borges o Cortázar. Los que no exigirían a sus amigos músicos ser Charly García o Luis Alberto Spinetta. Los que no le reclamarían a su cardiólogo por no ser como René Favaloro o a los pilotos actuales de TC por no conducir como Juan Manuel Fangio. No serían capaces de auto-infligirse una crítica tan feroz ante cualquiera de los emprendimientos personales que decidieran encarar.

Pero a Messi sí. A Messi le tiran al fantasma de Diego por la cabeza. Sin piedad. Le exigen ser él. Nunca se conforman. Son insaciables a la hora de demandarle cosas a este sensacional e irrepetible jugador de fútbol.

¿Con qué derecho? ¿Con qué sentido? ¿Con qué fin?

Ya lo condenan. Catalogan su carrera como un fracaso por no ganar un Mundial. Mucho antes del retiro de Lionel. Mucho antes de que el fenómeno rosarino gaste la próxima bala de su recámara (2018), que espero que sean dos (2022 con 35 años), porque yo no creo en los fantasmas. Ni en los que existen, ni en los que no.

Simplemente disfruto de tenerlo como compatriota. De saber que fue parte de un equipo que estuvo en desventaja en el marcador apenas 7 minutos en todo el Mundial (más los que adicionaron). De saber que con él en la cancha, las chances de ganar y de que yo me divierta mirándolo, son muchas más que si él no estuviera.

Porque extraño demasiado a Diego como para enceguecerme con el fantasma del Azteca, que si me concedieran un solo deseo, me gustaría que fuera de carne y hueso y que en lugar de atormentar a Messi con su presencia, simplemente pudiera correr a su lado, tirando paredes y mareando a cuanto alemán se pusiera por delante. Por los siglos de los siglos.