Messi no fue Diego (ni lo puede ser)

A Leo le faltó un gol para ser "el Maradona del 86", pero la comparación se ahoga en la estadística: Messi no es, no tiene que ser ni será Diego. Este es Messi.
Se parte de una base injusta, de un emparejamiento absolutamente injusto: Lionel Messi no es, no fue, no será ni podrá ser Diego Maradona. Nunca. No tiene que serlo. No tiene por qué.

La comparación lineal deja entrever una necesidad de vivir pensando en lo que pasó, en lo que fue, en lo que se debe o debería. Y no es necesario.

Lo que sí es, lo que hay que aceptar, es que el Balón de Oro para Messi por lo que hizo en este Mundial suena exagerado. Suena a broma de la FIFA. Porque no parece justo. ¿Fue Leo el mejor jugador en Brasil? ¿Fue acaso el mejor de Argentina?

Messi, en este Mundial, puede que no haya sido el mejor Messi. No hizo, tal vez, todo lo que se sabe que puede hacer. No logró su punto máximo. Y en eso, sí, es contrastable con el viejo Maradona: Diego sí logró su punto máximo en México 86.

El crack del Barcelona tuvo apariciones brillantes, sobre todo en la primera fase, en la ronda de grupos. Asistencias, goles, definiciones. Brilló, por momentos, dentro de un nivel irregular de una Selección de la cual es parte fundamental.

Pero de a poco fue cediendo ese terreno. Argentina dejó de ser la Selección de Messi, tomó protagonismo Ángel Di María, primero, y Javier Mascherano, después -aunque en gran parte por afuera del grupo, en los medios, redes sociales y en la cabeza de la gente-. El alma de este equipo de Sabella acabó apuntando al compañero de Messi en el Barça. Messi acabó acompañando a la Selección.

Eso es un síntoma. Y un síntoma, a veces, connota una realidad.

Todos esperaron (esperamos) de Messi algo que tal vez no estaba en condiciones de dar. Todos, desde 1986, y más a partir de 1994, esperamos que alguien, el que sea, sea Diego. Ya se dijo en esta misma página: Leo Rodríguez, Ortega, Aimar, Riquelme, el que fuera, se pusieron alguna vez la camiseta y todos, o muchos, esperamos que fueran "el Diez".

Pero Diego era el que se ponía el equipo al hombro, el que necesitaba socios para armar el mejor negocio de la historia, pero era él el único que valía, el que ganaba. Diego era el negocio, el vendedor, el remarcador de precios y el gerente de marketing.

Messi es el mejor jugador del Barcelona y del mundo, pero no juega solo, sino con otros mejores. ¿Por qué debería hacerlo en Argentina?

Quedó demostrado en este Mundial. Su nivel fue bueno. Ni siquiera es cuestionable (aunque la bipolaridad de los analistas de sillón da para todo, incluso para acribillarlo injustamente). Jugó como sabe. Jugó como pudo.

No tuvo a su lado al mejor Agüero, ni al mejor Higuaín, ni a los mejores Lavezzi o Palacio. Sí encontró ratos de un buen Di María, a un líder como Mascherano, a un Romero por momentos impecable, casi imbatible, y a otros que hicieron un poco más o un poco menos de lo que se esperaba.

Tuvo un equipo inteligente que jugó como equipo, y no para él. Que supo contenerlo, justamente, o tal vez casualmente, para que Argentina no dependiera de él. ¿Tenía que depender de él?

Aun así Messi mostró raptos de brillo, de espectacularidad. Apiló rivales, marcó goles (cuatro, uno menos que Diego en 1986), dio pases espectaculares. Durante unos cuantos días fue el mejor. Porque es el mejor.

Fue Messi, no lo duden. Lo disfrutamos.

Y Messi, aunque duela, aunque se espere otra cosa, no es Maradona. Ni tiene que serlo.

Es Messi. Por suerte es Messi.