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Si las barrabravas esclavizan al fútbol es porque, primero, alguien las deja ser. Sin embargo, la violencia abarca a todos y no discrimina a nadie: dirigentes, policía e hinchas.

La violencia no cesa en Latinoamérica. Esta vez fue en Argentina y Perú, pero la enfermedad la padece el entorno del fútbol a nivel continental. Todos los que rodean a la pelota -por amor a los colores, al dinero o al poder- son responsables de este escenario que, lejos de estar en vías de recuperación, se encuentra encarrilado en un empeoramiento gradual, indignante por donde se lo analice y con un diagnóstico demasiado desalentador.

Hay algo que huele muy mal, cada vez peor. Es el cóctel que integran dirigentes, policía, barrabravas e hinchas. Una mezcla de confabulaciones que parece no tener remedio debido a la cooperación profundamente interesada de cada una de las partes. ¿Su funcionamiento? Simple. La mala ejecución se propaga desde la cúpula hasta el tipo que termina insultando o escupiendo a los jugadores del equipo rival sólo por tener camiseta de otro color, pasando antes por los encargados de brindar seguridad que se manifiestan incapaces ante un grupo delincuente organizado que goza de total impunidad.

El último fin de semana dejó pruebas suficientes para reafirmar lo que es una tendencia evidente hace décadas. El viernes, la policía detuvo a 33 barras que portaban armas en las inmediaciones del estadio de Independiente y decidió -acertadamente- que el partido entre el Rojo y Unión de Santa Fe no se jugara. Un par de días después, el Superclásico, al igual que todo el fútbol argentino este semestre, se jugó sin público visitante, pero igualmente algunos hinchas de Bocas infiltrados fueron cazados y expulsados de las tribunas del Monumental recibiendo golpizas que recordarán tanto o más que el gol de Gigliotti.

A su vez, en Perú, se suspendió Melgar-Cristal por agresión a un juez de línea y la Selección dirigida por Sergio Markarián jugará a puertas cerradas su último partido como local por Eliminatorias contra Bolivia, a causa de los incidentes que se produjeron en el compromiso frente a Uruguay. Un par de semanas atrás, en Colombia, la Alcaldía de Bogotá decidió postergar el clásico entre Millonarios y Atlético Nacional debido a los hechos de violencia que se dieron en horas previas al partido y que dejaron un saldo de tres muertes; mientras que en Paraguay, el estadio de Cerro Porteño fue clausurado por dos fechas tras los enfrentamientos entre barras del equipo.

La existencia de estos bandos, apoyados en la engañosa cultura del ‘aguante’, es pura y exclusiva decisión de los dirigentes de cada institución, quienes se encargan de financiar a los barras proveyéndolos de entradas, movilidad e inmunidad para hacer lo que quieran. O lo que se les pida. Por ende, al margen de cada caso particular, si las barrabravas esclavizan al fútbol es porque, primero, alguien las deja ser.

Pero no todo termina allí, en la connivencia entre barras y directivos. La policía también exhibe su lado animal en los estadios y siempre que puede, saca tajada de la enfermedad que sufre el fútbol latinoamericano. Los casos se multiplican cada fin de semana en los distintos estadios de Sudamérica. Cuanto más agitado y conflictivo se torna el ambiente en los ingresos a las tribunas, mayores son las posibilidades de que, al partido siguiente, desde los organismos de seguridad exijan que se duplique o triplique el número de efectivos.

No obstante, el virus de la violencia afecta a todos. Incluso a los que no tienen intereses económicos relacionados al fútbol. Hablamos de los hinchas, de la gente común, de esos que se dicen indignados por la relación entre barras, dirigentes y policías, pero que después actúan con un salvajismo vergonzoso. Hoy pareciera que cualquiera puede sacar lo peor de sí durante un partido, incluso los propios protagonistas y los que no trabajan de violentos. Dejan los códigos, los principios, la educación y el civismo de lado y se desenvuelven como si estuvieran en la selva.

Es evidente que los principales culpables de este triste panorama son aquellos que, detrás de un escritorio, se sienten los dueños del fútbol y a la hora de asumir responsabilidades, miran para otro lado. Sin embargo, la enfermedad de la violencia abarca a todos y no discrimina a nadie. Todos la padecen, al igual que la falta de educación que se evidencia en el hincha promedio latinoamericano. Por lo que, si todavía hay ilusiones de refundación, será clave empezar por las bases.

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