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¿Estamos futbolísticamente cada vez más "europeizados? ¿O todavía tenemos razones para defender "lo nuestro"? ¿Es todo blanco o negro?

 Sebastián García
 Director Editorial
 Goal.com Latinoamérica
   

El riesgo es que te tilden de cipayo. Que confundan atracción o admiración por cómo se hacen las cosas afuera, con esa radical postura de los que tienden a afirmar que “en Europa estas cosas no pasan”.
 
No todo es blanco. No todo es negro. El amor por el primer fútbol que nos conquistó en cualquier cancha argentina y la década que le haya tocado en suerte a cada uno, es difícil que alguna vez muera. El problema es que muchos de los que toman decisiones (desde el fútbol o desde afuera), hacen lo imposible para que a muchos de nosotros, la mirada se nos vaya cada vez más hacia el otro lado del Atlántico.

La oferta televisiva o “internetera”, es cada vez más atractiva, y ya hace rato se nos hizo costumbre ver acción en vivo desde el Bernabéu, Old Trafford o desde el Giuseppe Meazza. Nombre/s, apellido/s y apodos del 11 del Aston Villa o del 10 del Lyon, ya dejaron de parecernos algo demasiado ajeno a nuestra realidad cotidiana de hinchas de fútbol globalizados. ¿Está mal que eso nos resulte atractivo?

Los que no consideramos que todo sea blanco o negro, por ahora disfrutamos de ambos universos

Lo de allá gusta porque en cada partido hay estrellas de alguna Selección. Porque las transmisiones son buenísimas (algunos relatos y comentarios al margen), porque hay muchos de los nuestros que la rompen allá y porque los torneos son largos, sin promedios, con reglas claras y con horarios que no desafían al sentido común. 

Y lo de acá nos gusta porque sí. Porque es nuestro y porque es lo que conocemos desde la cuna.

Aunque los mejores se nos vayan casi desde la escuela primaria. Nuestros pequeños cracks salen del cole y mojan unas galletitas en leche chocolatada, mientras la mamá trata de que no salpiquen el contrato que los espera sobre la mesa. Ése que tiene una cláusula de rescisión de 127 millones de dólares y pertenece a un club que el pibe todavía no aprendió a pronunciar. Gracias si sabe de qué color tiene la camiseta.

Los que jamás verán tantos ceros en un contrato, pero que juegan mejor que muchos de sus amigos del barrio, también se van. Ellos a veces nos regalan tres o 12 partidos en Primera antes de subir al remise que los llevará a Ezeiza. Desde el Ministro Pistarini saldrán rumbo a destinos que a veces no encontraríamos ni en Despegar.com.

Padres, tutores o encargados (representantes, grupos empresarios, etc.), les preguntan: ¿Vamos a Turquía? ¿Qué te parece firmar por dos años con un club del sur de China? ¿Y si aceptamos esta oferta que llega desde Qatar?

Las respuestas son casi siempre iguales. Y las responden ellos mismos: “Y dale. Es mucha plata. ¿Y si te lesionás y después no te viene a buscar nadie nunca jamás?” Así nomás, de golpe, desaparecen de la grilla de canales de cualquier sistema de cable local, nacional o regional.

Nos quedan los otros. Los que tal vez no salían elegidos entre los cinco primeros de un “Pan y Queso” en los recreos. Los que llegaron por condiciones atléticas por sobre las futbolísticas. Los que funcionan más por táctica que por técnica. Los que correrán 98 minutos por partido (si fuera necesario). Los que con suerte sabrán parar una pelota. Puede que esto sea una exageración. De hecho, lo es. Pero… ¿se entiende la idea?

Algunos de los mejores de alguna década pasada, regresan. Son los que harán la diferencia aún cuando las piernas ya estén pidiendo a gritos un descanso. Ellos y los talentos importados de otros países de Sudamérica, que buscan una plataforma de despegue hacia Europa, serán los máximos exponentes de un fútbol que no es el que supo ser.

Ese es el combo futbolero que tenemos. Lo que hay alrededor, a niveles de organización, toma de decisiones, seguridad y otras yerbas, es todavía más desalentador.

Imaginemos un diálogo entre dos amigos hinchas de un club argentino que tomaremos al azar:

Flaco: “Che, Gordo. ¿Qué día jugamos el fin de semana?”

Gordo: “¿Fin de semana? ¿Desde cuando el viernes es “fin de semana”?”

Flaco: “Uy, flasheé. Mala mía. ¿Entonces? ¿Vamos tipo 18hs, no? ¿Contra Colón era?”

Gordo: “Te vengo diciendo que dejes el faso, Flaco. Te va a matar. Vamos contra Argentinos. Allá en La Paternal. Arranca a las 10 de la noche. Contra Colón es el martes a las 4 de la tarde. Son los 14 minutos que debemos de la fecha 12 del Clausura 2010. En dos tiempos de siete, obviamente. Igualmente, olvidate: ése es el que va a puertas cerradas. Bah, creo que era el Clausura. En ésa estoy igual que vos: absolutamente en bolas”.

Flaco: “¿Ah, viste? Y eso que vos estás con la radio todo el día. Menos mal. Joya entonces. Hacemos la previa en lo del Gato y vamos en el 113. Tipo ocho estoy por ahí”.

Gordo: “Dale, venite. Pero traete unas birras que pedimos unas pizzas. Es sin público visitante. Lo vemos por la tele”.

Las 14 puteadas que se le ocurrirían al Flaco, las comparte todo el pueblo futbolero argentino. Pero seguimos ahí. Firmes. Cuando nos dejan, vamos a la cancha. Cuando nos piden 50 pesos por una hamburguesa con pan y una Coca rebajada, los pagamos. Cuando nos rompen el auto aunque hubiera promesa de un “cuidador” y pago de por medio, olvidamos todo y volvemos a tiempo para la fecha siguiente (con o sin auto). Cuando somos 2.500 y nos acorralan en un sector de cuatro por seis en una cabecera en la que tranquilamente caben 20.000 personas, no decimos nada. Tratamos de ver el partido entre las banderas que coparon el alambrado y nos bancamos los palos de la cana y lo que sea que nos tiren los valientes plateístas locales.

Porque el amor por el fútbol de acá, no lo vamos a perder. ¿O sí? Lamentablemente, hasta el momento, los que envenenaron nuestro léxico futbolero con términos y siglas que antes eran tan ajenos como: fideicomiso, COPROSEDE, TAS, CAS, inscripción cablegráfica y APREVIDE, entre otros, sostienen que la respuesta es “no, jamás van a perder el amor por el fútbol de acá. Hagamos cualquiera. Total, no pasa nada. O todo pasa”.

Ellos siguen en la suya porque nosotros seguimos en la nuestra. Ambos bandos comparten sólo una cosa: la esperanza de que a la gallina de los huevos de oro nunca le desenchufen el respirador.

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