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Desde su llegada a Boca demostró que estuvo a la altura. Su principal virtud fue adaptarse al juego histórico del club. Ganó dos campeonatos y rindió ante River.

Los hinchas de Boca van a extrañar a Walter Erviti. Probablemente no lo extrañen por la necesidad de su juego, pero sí por el valor de su identificación con esta camiseta. El volante marplatense, quien le puso punto final a su ciclo en el club, logró lo que hacía tiempo no conseguía ningún otro futbolista llegado desde afuera.

Ahora, cuando cualquier vínculo es efímero, cuando los jugadores se alquilan cada seis meses, cuando los DTs caprichosos piden refuerzos como si fueran vasos de agua, en este ahora Erviti consiguió mantenerse durante dos años y medio como el más regular de un equipo como Boca.

Ponerle el título de ídolo es arbitrario, una afrenta para los recuerdos particulares de cada hincha. A Erviti, quizá, le faltó esa lumbre que en Boca solo otorgan los títulos. Ganó dos, un torneo local y la Copa Argentina. Pero este tampoco es su mayor mérito.

Su principal virtud fue la adaptación, eso demuestra su valía como jugador. No la adaptación a la vehemencia exitista que respiran las paredes de la Bombonera, presión capaz de estropear cualquier legajo. Sino la adaptación al juego de este equipo. Porque Erviti cambió para ser futbolista de Boca. Sus prestaciones, más cercanas a las de un creador que a las de un combativo, fueron otras a partir de febrero de 2011, cuando jugó su primer partido ante Godoy Cruz, en la Bombonera.

Bajo el ala de Julio César Falcioni asumió el rol protagónico en la mitad de la cancha. Fue el regulador del equipo mientras Juan Román Riquelme estuvo afuera por lesión. Se dividió entre las tareas defensivas y las de ataque las veces que coincidió con el 10. Se ofreció como pieza clave para cualquier contexto futbolístico. Con despliegue y sacrificio se ganó el aplauso y las ovaciones del público. Punto alto en el campeón invicto del Apertura 2011, valor indiscutido en la campaña de Libertadores que terminó con la final perdida ante Corinthians. El mejor durante el Inicial 2012, el último torneo que dirigió Falcioni, quien lo mantuvo en la mitad de la cancha incluso cuando se la jugó por poner a los más chicos. Fue uno de los pocos que se salvaron de los reproches en este último semestre, el peor de la historia del club.

Rindió siempre. Pocas veces brilló, más por su carácter silencioso que por sus reales aportes. Evitó el escándalo cuando tal vez hubiera sido entendible un reclamo de su parte. Demostró temple para jugar la Copa, para jugar los clásicos con River. Y, por si algo le faltaba, reconoció a tiempo el final de su historia.

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