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Messi le ganó al Monumental

Messi le ganó al Monumental

Lionel Messi / Argentina-Venezuela

Lionel se llevó este viernes un premio que hace unos años parecía imposible. La historia del crack que ya le ganó a su rival más difícil: el público porteño.

Sebastián García
Director Editorial
Goal.com Latinoamérica
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El 13 de octubre de 2007, después de dos desilusiones frescas en la memoria, con recuerdos de Klose y Lehmann todavía latentes y con la sombra de Julio Baptista oscureciendo todo, fui al Estadio Monumental para ver como la selección de Alfio Basile buscaba recuperarse del golpazo recibido en la final de la Copa América de Venezuela.

Aquel 3-0, tal vez excesivo, propinado por Brasil, había tirado por la borda una hasta allí excelente campaña albiceleste. Con un Juan Román Riquelme en altísimo nivel, un notable funcionamiento colectivo de mitad de cancha hacia adelante y él, el jovencito prometedor que ya había ganado un mundial Sub-20 con la selección y dos ligas de España y una Champions League. Está bien, en esa Champions Lionel Messi fue un actor de reparto. Ni siquiera pudo aparecer en el último acto, en la consagración culé ante el Arsenal en el Stade de France.

Messi, poco más de un año antes, había también convertido, ante Serbia y Montenegro, el que sería su único gol mundialista hasta aquí.

Yo estaba con un amigo español, que visitaba Buenos Aires por esos días. No muy entendido en cuestiones de fútbol, pero lo suficientemente informado como para saber que ese “chavalete” era aquel del que todo el mundo ya se estaba enamorando.

Paco, mi amigo, no me creyó ni dos palabras cuando le dije: “Pero acá en Argentina, la gente no lo quiere, Paco”.

“Que no me lo puedo creer, tío. Déjate de gilipolleces. ¿Qué cómo que no lo quieren a Messi? Hostia, tío. Estoy flipando en colores”, fue más o menos lo que dijo Paco.

Y se dio cuenta en el Monumental, que yo no le estaba mintiendo. Que no exageraba. Messi era nuevamente un actor de reparto. Pero para peor, era como si el resto de los actores contaran con la ayuda de un subtitulado y quedara él hablando en otro idioma. Expuesto. Incomprendido.

La estrella era Román. Y Román, ese día, respondió. Doblete del crack xeneize, igual que algunos meses antes en Porto Alegre, para levantar su tercera Copa Libertadores.

Messi intentó esa tarde en el Monumental y ninguno de esos valorables e interesantes arrestos individuales, terminó en la red. Se fue reemplazado a siete minutos del final por Javier Saviola y la gente (hablando siempre de la mayoría, generalizando) le fue prácticamente indiferente.

Cinco años y pico después, tras un par de encuentros fugaces que tuve la suerte de disfrutar en los Juegos Olímpicos de Beijing, me reencontré con Messi en el Monumental.

El pibito ya era papá. Tenía la 10 en la espalda y la cinta de capitán. Le estaban entregando una plaqueta en reconocimiento tras haber obtenido su cuarto Balón de Oro consecutivo.

Yo no estaba con Paco esta vez. Estaba con mi suegro. Festejé con él su personal y envidiable hat-trick. Vio a Pelé, vio a Maradona y ahora estaba viendo a Messi.

“Hacé Lío, Messi”; “D10S y el MESSIas”; “MESSIento enamorado”, eran apenas algunas de las banderas que colgaban de las barandas del Monumental.

No había nadie ahí adentro, que no adorara a Lionel. Y si queda todavía algún escéptico, ya no se debe animar a hablar. O tal vez, simplemente, su voz no llegue a escucharse. Porque Lionel, tal vez hace rato, pero nunca tan claramente como en la noche del viernes, ya ganó su batalla contra el exigente público Monumental de selección.

¿Paco? No tengo idea por dónde anda. Hace rato que no lo veo ni sé de él. Probablemente en estos días le pegue un llamadito y le cuente que el que está flipando en colores ahora, soy yo.

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