thumbnail Hola,

Connivencia política, maltrato policial, marginación social y el mensaje enfermizo de que "lo único que vale es ganar" conforman un cóctel que daña cada vez más a nuestro deporte.

  Pablo Aro Geraldes
  Editor Jefe
  Goal.com Argentina
Seguilo en

Hooligans ingleses que odian a los alemanes; skindheads alemanes que odian a los judíos y los turcos. Ultras Sur del Real Madrid que odian a los extranjeros, fascistas de Lazio que odian a los negros. Odio, odio y más odio. El alimento de la violencia que recorre los estadios europeos no parece ser tan fuerte en América Latina, pero el fútbol de nuestro continente está salpicado cada vez más con hechos de barbarie.

Desde las temidas barras bravas argentinas hasta las porras agresivas que están creciendo en México, casi todos los campeonatos americanos la sufren: muertos en Colo Colo - Universidad de Chile, disparos en Alianza Lima - Universitario, destrozos en América - UNAM... Ningún torneo está exento de este mal. Ligas con menor potencial como las de Venezuela, El Salvador o Ecuador ya empezaron a conocer de cerca la cara de la violencia en sus propias tribunas.

Pero, si en Hispanoamérica prácticamente no existe el odio racial, religioso ni político, ¿qué sentimientos alientan estas conductas en las barras? Aunque los grupos de choque de las hinchadas no se encuentran enfrentados por la política, como los europeos, sí sirven y se sirven de ella. Los integrantes más duros son apañados por políticos que les facilitan "empleos", viajes y demás prevendas mientras los utilizan como fuerza movilizadora de sus campañas.

En otros casos, la marginación social, la falta de horizontes y el hostigamiento policial causan en muchos de sus integrantes la sensación de que “todo está perdido”. Y quien no tiene metas tampoco sigue un camino. En medio de la corrupción, como dice el tango Cambalache, “da lo mismo el que labura, noche y día como un buey, que el que vive de los otros, que el que mata, que el que cura o está fuera de la ley”. ¿Qué le van a hablar de Fair Play a un hombre sin trabajo, desplazado de todo bienestar social? Si en una sociedad se impone el mensaje enfermizo de que lo único que vale es el éxito a cualquier costo, este sujeto encuentra en la barra el único elemento de identificación, de pertenencia, de inclusión. Esa mimetización con los colores dentro de los grupos radicalizados de las barras le hace sentirse alguien a través de la violencia, pero no es el fútbol, el deporte, el generador de estas conductas.

La violencia está en las favelasde Río de Janeiro, en las calles de Medellín, en las noches de México, en los trenes de Buenos Aires. No es propiedad de los estadios, y mucho menos su producto. El fútbol es una fuente de alegrías, de estética, de vida sana, no de conductas delictivas. Por eso las autoridades se equivocan cuando hablan de “erradicar la violencia en el fútbol” mientras ese misma violencia sigue creciendo en las bases de la sociedad y cuyos protagonistas sigan siendo apañados por el poder político (tanto de la política nacional, provincial o municipal como la política interna de los clubes). Aunque parezca sólo una discusión semántica, el tema va mucho más allá: la violencia en el fútbol no es del fútbol.




Artículos relacionados