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Lo que para un técnico es un dolor de cabeza, a veces para los jugadores suele ser un empujón fundamental en el transcurso de un partido. Paradójicamente, la roja puede ser útil.

Luciano Román Garzo
Redactor
Goal.com Argentina
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Además de un gol rival, o un penal en contra, hay una acción de juego que le cambia el panorama a muchos entrenadores: una expulsión. Quedarse con un hombre menos representa tener que mover las piezas y muchas veces, si el que dejó la cancha era defensor, el técnico debe resignar un delantero para tapar el hueco en la última línea.

EL DATO
Entre la primera y segunda fecha del Torneo Final hubo siete expulsados en seis partidos y en cinco de ellos los equipos en inferioridad numérica lograron empatar o ganar.

Sin embargo, lo que para el que está en el corralito al lado de la línea de cal es un problema, para los diez que quedan en cancha puede llegar a ser una inyección anímica. En las primeras dos fechas de este Torneo Final la estadística respalda dicha teoría: Arsenal perdía con Unión y luego de la polémica expulsión de Pablo Lugüercio logró empatarle el partido al conjunto santafesino; Boca empataba con Quilmes en La Bombonera, Matías Caruzzo fue expulsado y luego Burdisso puso el 3-2 final; River salió a disputar el segundo tiempo ante Belgrano en córdoba con once y al minuto, Leonardo Ponzio golpeó sin pelota a César Pereyra y Germán Delfino le sacó la roja. Al final, el equipo de Ramón Díaz terminó ganando a pesar de la desventaja numérica.

Ya en la segunda fecha, Godoy Cruz perdió al juvenil Emanuel Insúa antes de la media hora de juego y aunque perdía con Unión, lo dio vuelta y terminó llevándose los tres puntos al igual que Independiente, a quien todo lo que le sucede tiene un tinte de desgracia pero esta vez infló el pecho tras la expulsión de Julián Velázquez y le ganó al último campeón del fútbol argentino como visitante.

Así como en situaciones límites de la vida, en las que uno saca fuerzas que nunca sospechó tener, dentro de una cancha de fútbol el lazo imaginario que une a los jugadores de un equipo se hace más fuerte y también más flexible. Todos se solidarizan con el compañero, desaparecen los egoísmos en el área rival para ver quién se lleva los flashes y, básicamente, todos juegan para el equipo, más que nunca. A veces la bronca por una expulsión injusta es el motor de una remontada épica siempre y cuando los futbolistas se focalicen en revertir la situación en el juego y no en poner al árbitro como rival.

No estuvo errado aquél que dijo, por primera vez, vaya a saber en qué lugar del planeta, que el fútbol se parece a la vida. Con sólo utilizar el sentido común se puede ver que generalmente los que menos tienen son los que más se esfuerzan, trabajando durante interminables horas sin sillas acolchadas ni aire acondicionado. En menor escala (nunca hay que olvidar que el fútbol es sólo un juego) un proceso similar se inicia en cada uno de los jugadores cuando ven que el árbitro se lleva la mano al temido bolsillo para sacar la roja y desatar el desastre en el banco de suplentes, donde el entrenador agobia a sus ayudantes para ver qué cambio le conviene más.

Muchas veces las expulsiones abrieron camino a goleadas históricas, pero en la actualidad del tan parejo fútbol argentino la propia estadística demuestra que la situación se está revirtiendo. La carga psicológica que le provoca al equipo que tiene superioridad numérica suele jugarle en contra si cae en el error de pensar que por el simple hecho de tener más gente en cancha va a terminar ganando. Lo importante en este deporte no es cuántos hombres hay para ocupar los espacios sino cómo se ocupan los mismos, por eso, ante un conjunto que se ve disminuido (y hasta perjudicado por un árbitro) ya no es sencillo florearse y golear. La expulsión, a veces, es un punto clave en la victoria.

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