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Independiente y Racing perdieron en el debut en el Torneo Final. En Goal.com buscamos entender un fenómeno que los convirtió en los clubes argentinos en donde es más difícil jugar.

Sebastián García
Director Editorial
Goal.com Latinoamérica
 
 

Fue un proceso gradual. No fue algo que sucedió de la noche a la mañana. Tal vez la introducción del ridículo sistema de los promedios y la llegada de los torneos cortos hayan contribuido. La AFA recibió muchas críticas tras su decisión de dividir la temporada en dos campeonatos de 19 fechas. Un cambio que marcó las siguientes dos décadas y no parece revertirse, a pesar de los muchos rumores.

La respuesta que llegaba desde las altas esferas de Viamonte era tan rotunda como cuestionable. Desde la trilladísima frase: “Habrá más emoción”, hasta la famosa: “Llegarán varios equipos con chances de ser campeón hasta el final”, pasando por la inefable: “Ganás dos partidos seguidos y ya te prendés en la pelea”.

Detrás de esas sentencias, se escondían otras tal vez más pesadas, más significativas. Con un efecto mucho más profundo en la carne del ya castigado cuerpo del fútbol argentino y su torneo local.

No hubo tiempo para pensar en la temible: “Se exacerbará la impaciencia y se dará un escenario propicio para que la violencia crezca”. Tampoco se reparó en que: “los entrenadores tendrán todavía menos estabilidad que en el pasado”, ni se pensó que “serán desmantelados los planteles de los equipos argentinos campeones y disputarán la Copa Libertadores a veces un año después de clasificarse”.

Pero detrás de todo esto, se fue gestando otro fenómeno. Se fue dando algo impensado durante décadas y décadas en el que la normalidad del fútbol argentino era muy diferente a lo que vivimos por estos días.

En décadas doradas del fútbol argentino, como las del 40 o el 50, llegar a Independiente o a Racing (también a San Lorenzo, es cierto), era sinónimo de bienestar para cualquier futbolista. No sólo bienestar económico y anímico. Era, como decimos hoy en día, lisa y llanamente: “llegar”.

Reconocimiento, popularidad, salto de calidad en lo económico y, sobre todo, estabilidad en lo emocional. Es cierto que siempre existieron presiones a la hora de saltar a la cancha vestido de rojo, con la misión de ganar todos los partidos, en Avellaneda o afuera. Pero es igualmente verdadero, que salir a pelear el título (casi) todos los años, constituye una tensión mucho más llevadera que la que viene adosada a la angustiosa lucha para permanecer en Primera División.


EN DECADENCIA
Torneos disputados por cada título obtenido

9,5 (2 títulos en 19 torneos) ERA AMATEUR
2,2 (9 títulos en 20 torneos)

6,5 (12 títulos en 78 torneos) ERA PROFESIONAL (1930 - 1990)
12,5 (6 títulos en 75 torneos –no disputó Nacional y Metro 1984, ni Nacional 1985)
14 (3 títulos en 42 torneos) ERA PROFESIONAL – TORNEOS CORTOS (1991-2012) 42 (1 título en 42 torneos)


Lo de Racing hoy es bien diferente a lo que supo vivir en 2008 con sus partidos de promoción ante Belgrano. Hoy transita por aguas institucionales bastante más navegables que las que recorrió durante años.

Este fenómeno a Racing, sin lugar a dudas, se le dio bastante antes que a Independiente. Problemas económicos, descenso (antes de la llegada de los torneos cortos, pero después de la de los promedios), quiebra, ayuno de títulos. Es bastante más difícil determinar cuándo comenzó a ser una misión imposible jugar en Racing y al mismo tiempo disfrutar. Quizás fue poco tiempo después de ser campeón de todo en 1967. Quizás, incluso, un poco antes.

La apertura del mercado europeo y la llegada de la televisación de todos los partidos de Primera División, también dejaron su huella. En todos los clubes, es cierto. Pero a los grandes de Avellaneda, les apareció un problema que nadie podría haber previsto antes.

Los mejores jugadores de los equipos que están fuera del selecto grupo de los “cinco grandes”, comenzaron a cambiar sus conductas en el mercado de pases. Hasta la aparición de estos nuevos fenómenos, los futbolistas más destacados de los equipos menores, tenían cinco destinos claros (y soñados): Boca Juniors, River Plate, Independiente, Racing Club y San Lorenzo. No había más vuelta. No había un Pescara de Italia que tuviera conexiones con el club de procedencia. No había un mercado emergente en Rusia o en Vietnam. No había un representante con amigos y porcentajes esperándolo en algún país remoto. No existían los famosos “grupos inversores”. Eran contados los casos de jugadores que pasaban del medio local a un club europeo. El futbolista argentino tenía como máximo objetivo, llegar a uno de los cinco grandes.

Pero la pregunta que surge es: ¿alguien puede cuestionarle a un joven talentoso que elija jugar en Vélez o en Arsenal de Sarandí, antes que dar el “salto” a las versiones actuales de Independiente o de Racing?

¿Es descabellado que la estabilidad que puede ofrecer una institución como Lanús, por ejemplo, pueda más que la tentación que representa llegar al club que ganó más Copa Libertadores que ningún otro a la hora de decidir por qué equipo fichar?

Los grandes de Avellaneda sufren esta situación como ningún otro club. Boca y River siguen, a pesar de sus propios problemas, menores o mayores a los que experimentan Racing e Independiente, siendo un destino redituable. Siguen siendo la vidriera más grande del país. Siguen pesando más, en la mayoría de los casos, que la estabilidad y los verdes laureles de Vélez, Estudiantes, Lanús y todos los equipos que supieron levantar trofeos en los últimos años.

Eso no es todo. Independiente y Racing son víctimas de su condición de grandes y de su riquísima historia. Instalado en el ADN de los hinchas Rojos y Académicos, está el deber de pelear todos los títulos. De encaramarse en la pelea grande. Poco pesa a la hora de exigir o de pretender salir campeón el hecho de contar con un plantel que claramente no está capacitado para encarar semejante tarea. Son hinchas de equipo grande. Fanáticos que no sufrieron las mutaciones que sus clubes experimentaron. El legado familiar se transmitió intacto. El linaje no entiende de caprichos de los tiempos que corren.

Todo esto, comprimido en estadios que siempre cuentan con interesante concurrencia (eso sí, típico de equipo grande) y fogoneado desde los medios, que obviamente apuntan a los clubes que más público/rating les aporten, se convierte, ante el mínimo esbozo de un contratiempo, en una réplica a escala de una granada de mano. Un hervidero insoportable. Una especie de Estadio Bombasí, aquel inexpugnable terreno ubicado en la capital de la ficticia Congodia en la desopilante novela “El Área 18” de Roberto Fontanarrosa. Excepto que en los casos de Racing e Independiente, como se vio este domingo ante Newell’s, es una cancha complicadísima…pero para los locales.

Racing tropezó feo en Rafaela. Vivió en los últimos días un nuevo episodio caliente en la interna política del club, pero parece un poco alejado de aquellos horribles tiempos que supo vivir. El que está más complicado de los dos hoy en día es Independiente. Imposible enumerar todos y cada uno de los males que lo aquejan. El domingo, cuando Ernesto Farías tuvo en sus pies la posibilidad de poner al Rojo 2-1 arriba desde el manchón blanco a 12 pasos de Nahuel Guzmán, todo lo que podía salir mal, salió mal. ¿Casualidad? ¿Designio del destino? ¿Lógica? ¿Resultado esperable para un jugador bajo una insoportable presión?

Que pocos segundos después haya llegado el segundo gol de Newell’s es un hecho que también podría ser foco de las mismas preguntas.

Pero surgen otros interrogantes: ¿Llegó la hora de que los hinchas de los dos gigantes de Avellaneda se adapten a la nueva realidad que les toca vivir a ambas instituciones? ¿Podrán moderar esa orden innata de pedirle al equipo que salga campeón cuando no tiene ni por asomo las herramientas necesarias? ¿Lograrán Independiente y Racing ganarle la pulseada a los tiempos que corren y volver al sitial que supieron ostentar durante décadas?

Una parece más difícil que la otra y ninguna se presenta como una posibilidad concreta a corto plazo.

Lo cierto es que hoy, a Avellaneda, pocas ciudades en el planeta le pueden discutir el bien ganado título de “capital mundial de la presión”.

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